La caída de un imperio


Chernobyl sigue deslumbrando con sus propuestas narrativas y estéticas. Mientras fragmenta la información de lo sucedido en dosis justas, genera un relato asfixiante que cuesta creer que alguna vez haya sucedido. Lo cierto es que el lunes pasado HBO transmitió el tercer episodio de la serie creada por Craig Mazin y el punto medio de esta historia genera más intrigas que certezas.

Título original: Chernobyl. Año: 2019. País: Estados Unidos. Dirección: Johan Renck. Guion: Craig Mazin. Música: Hildur Guðnadóttir. Fotografía: Jakob Ihre. Reparto: Jared Harris, Stellan Skarsgard, Emily Watson, Joshua Leese, Ross Armstrong, Philip Barrantini, Jessie Buckley, James Cosmo, Karl Davies, David Dencik, Caoilfhionn Dunne, Robert Emms, Fares Fares, Alex Ferns, Peter Guinness, Ralph Ineson, Mark Lewis Jones, Gerard Kearns, Barry Keoghan, James Kermack, Hilton McRae, Diarmaid Murtagh, Adam Nagaitis, Kieran O’Brien, Con O’Neill, Ian Pirie, William Postlethwaite, Adrian Rawlins, Paul Ritter, Lucy Russell, Michael Shaeffer, Jay Simpson, Jamie Sives, Michael Socha, Lucy Speed, Laurence Spellman, Sam Strike, Sam Troughton, Joe Tucker, Sakalas Uzdavinys. Productora: Home Box Office (HBO) / Sky Television.


La desesperación se había adueñado del espectador en el duro cliffhanger del segundo episodio. Los voluntarios para abrir los tanques de agua habían quedado atrapados en la oscuridad. El relato, revelando su voluntad de generar expectativas, se reconoce de tal manera al iniciar el tercer episodio tras recobrar rápidamente la luz los trabajadores. Como ya nos tiene acostumbrado la serie, el accionar de Legasov marcha magníficamente bien, hasta que una nueva peripecia se interpone. En este caso, el derretimiento del núcleo es tan potente que podría llegar a contaminar las napas subterráneas, por lo que es preciso valerse de un cuantioso número de mineros que logren ubicar una placa de nitrógeno líquido debajo del núcleo.

Con respecto al argumento, se retoma una trama que parecía haber quedado olvidada tras los primeros minutos del segundo episodio. Se trata de la del bombero Ignatenko y su esposa Lyudmilla, ambos personajes que realmente existieron. La desesperación de la mujer embarazada por encontrar a su marido había logrado en episodios anteriores generar cierta empatía en el espectador. Esta trama será el hilo conductor del episodio; Lyudmilla da con el hospital donde se encuentra Ignatenko, quien la última vez que lo habíamos visto ya presentaba síntomas graves de contaminación. A partir de aquí, se da un magnífico juego de tramas paralelas en el relato. Por un lado, Lyudmilla —inconsciente de su embarazo y de lo que significaría su accionar— cuida de sol a sol a Ignatenko; por el otro, Legasov le comenta a Scherbina cómo se desarrollará en los trabajadores de la planta y bomberos la radiación, ya que fueron ellos quienes tuvieron mayor contacto con el grafito. En su discurso, Legasov nos anticipa lo que sucederá con Ignatenko; y, cuando el argumento retome la trama del bombero, el espectador mirará de manera condescendiente a la pobre Lyudmilla, quien pone en riesgo su salud y la de su bebé al acompañar a su marido en sus últimas noches.

El acceso al hospital de Moscú también se dará por parte de la científica Khomyuk, quien, amparada por Legasov, entrevista a los personajes que conocimos en plena crisis durante el primer episodio en la torre 1 de Chernobyl. Aquí, el magnífico trabajo de maquillaje sobresale de las áreas técnicas. El proceso que previamente describió Legásov se puede observar en Toptunov y Akimov, aunque también es cierto que es en Ignatenko donde se ve de manera más clara el proceso de descomposición. Todos están al borde de la muerte, y sus rostros, apenas distinguibles, se emparentan más con una película apocalíptica que con un drama.

Los pequeños indicios planteados en episodios anteriores emergen y se posicionan como sombras de nuestros protagonistas. Se trata de la figura de la KGB. Es cierto que era inverosímil plantear una historia ambientada en plena Guerra Fría sin hacer valer el recurso de la fuerza secreta soviética, pero Chernobyl lo lleva a un punto de vigilancia extrema que deja en evidencia a una sociedad fracturada que pronto dejará de responder al sistema socioeconómico sobre el cual se fundaron sus bases. El segundo capítulo nos había entregado una conversación ciertamente artificial entre Legasov y una pareja en un bar, la cual, pese a notar el poco interés del científico por el diálogo, insistía a modo de interrogatorio ahondando en la explosión de la planta. Esta escena había provocado cierta interrupción de la ilusión diegética. No obstante, el tercer episodio deja en claro que nada es artificial en esta serie, a excepción de la planta nuclear. La KGB emerge como figura que sigue constantemente a nuestros protagonistas, y la curiosa e insistente pareja resulta estar constituida por espías. Scherbina sabe de esto y trata de guiar a un temperamental Legasov que se ofende por la falta de confianza estatal. Mientras tanto, Khomyuk descubre que no hubo una falla humana en el accidente, pues tanto Toptunov como Akimov presionaron el botón correcto antes de la explosión. Preocupados por el secreto que podría revelar la científica, la KGB la toma prisionera.

La iluminación y el sonido se complementan en esta entrega para generar un ambiente que delata a una sociedad que ya no confía en sus dirigentes, una sociedad a la cual le hace ruido la forma en que se tratan ciertas temáticas, una sociedad que, de a poco, se despega de las leyes del comunismo y se adentra en la lógica capitalista. El sonido acelerado y metálico del violonchelo de Hildur Guðnadóttir es el único acceso que tenemos los espectadores a lo que sucedes en la cabeza de Gorbachov mientras aguarda la llamada de Scherbina. El mandatario se encuentra ante una situación que no tiene respuesta en sus manuales, pero encuentra en la severa actuación de los servicios para impedir que se filtre la información, la respuesta a la falta de confianza popular. No obstante, ante sus espaldas se dan situaciones que proporcionan indicios del agonizante fin de la Unión Soviética, el cual, sin lugar a dudas, está directamente relacionado con la catástrofe de Chernobyl. Una de estas situaciones se da en el hospital moscovita, cuando Lyudmilla se vale del soborno para poder acceder a información sobre el paradero de su esposo. Normalmente, una sociedad amparada en la igualdad no debería ceder tan fácilmente, como sí lo podría hacer un individuo de una sociedad capitalista, ante un ingreso adicional ilegal.

Sin embargo, la crítica más dura proviene del nuevo sector trabajador de Chernobyl: los mineros. Comandados por Andrei Glukhov —quien en los hechos verdaderos fue un trabajador de la planta que proporcionó valiosos datos sobre su funcionamiento—, estos personajes son presentados en las tinieblas. Nacidos de la sombra, ya en sus primeros diálogos se observa la dura crítica al éxito nacional, caracterizando a su propia industria —la más importante para el sistema soviético— como una falla continua y sistemática. Al presentarse ante ellos el Ministro de Minería, los personajes lo bañan en carbón, faltándole el respeto, conscientes de la insignificancia de aquel sujeto en la situación de poder establecida, pues ellos son los requeridos. Siempre presentados con una iluminación barroca, en la que los haces de luz se filtran y atraviesan muchos menos espacios y situaciones que las que quedan en la oscuridad, los mineros son un sector que dará que hablar en los dos capítulos siguientes, y se posicionan, junto a las dudas de Legasov, como los personajes principales que delatan la estruendosa caída de un sistema que caracterizó al siglo pasado. El gobierno de Gorbachov pareciese ser esa lágrima que resbala de la mejilla de Lyudmilla mientras entierran a los bomberos en la escena final.

Por Luciano Gerez

Recaps de todos los episodios

Categories: Series Recomendadas

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *