Temerle a la luz


El pasado lunes se estrenó el primer episodio de la nueva miniserie de HBO, Chernobyl. Su nombre no es metafórico, ni trata de simbolizar el arco de algún personaje, sino que remite directamente a los sucesos acontecidos cerca de la ciudad de Prypiat, por entonces parte de la Unión Soviética, en 1986.

Título original: Chernobyl. Año: 2019. País: Estados Unidos. Dirección: Johan Renck. Guion: Craig Mazin. Música: Hildur Guðnadóttir. Fotografía: Jakob Ihre. Reparto: Jared Harris, Stellan Skarsgard, Emily Watson, Joshua Leese, Ross Armstrong, Philip Barrantini, Jessie Buckley, James Cosmo, Karl Davies, David Dencik, Caoilfhionn Dunne, Robert Emms, Fares Fares, Alex Ferns, Peter Guinness, Ralph Ineson, Mark Lewis Jones, Gerard Kearns, Barry Keoghan, James Kermack, Hilton McRae, Diarmaid Murtagh, Adam Nagaitis, Kieran O’Brien, Con O’Neill, Ian Pirie, William Postlethwaite, Adrian Rawlins, Paul Ritter, Lucy Russell, Michael Shaeffer, Jay Simpson, Jamie Sives, Michael Socha, Lucy Speed, Laurence Spellman, Sam Strike, Sam Troughton, Joe Tucker, Sakalas Uzdavinys. Productora: Home Box Office (HBO) / Sky Television.


Creada y escrita por Craig Mazin, y dirigidos sus cinco capítulos por Johan Renck, este relato, de fuerte contenido —a partir del empleo de personajes que realmente estuvieron en dichas situaciones— hace hincapié en el drama vivido por una comunidad, a causa de un error humano, y evidencia que sus consecuencias fueron tan inmensas que la tragedia ha alcanzado a ser uno de los muchos hitos en la historia de la humanidad.

El relato y la historia parten de puntos equidistantes. La primera secuencia se contextualiza dos años y un día después del accidente nuclear, y nos muestra a un hombre, el cual luego descubriremos que es el mismísimo Valery Legasov —miembro fundamental del Comité creado por la URSS para investigar las causas del accidente— quien repasa cintas y graba una última a modo de confesión relatando la verdad de lo acontecido aquella noche. Luego, siendo fiel a lo realmente sucedido, esconde las cintas, y, vigilado por un coche gubernamental, acaba con su vida.

Inmediatamente retrocede el relato en el tiempo y comienza la catástrofe. Numerosos serán los personajes reales que se verán interpretados en sus últimos días de vida. La serie va directo al gran acontecimiento, y no tiene objetivo alguno en mostrar la actividad cotidiana de estos personajes. Esto se debe, en primera instancia, a que el espectador ya sabe quiénes son, los ha visto en los diarios de la época, en los numerosos documentales sobre el accidente, y el grandioso trabajo de maquillaje los ha devuelto al mundo de los vivos; y, en segunda instancia, no hay interés alguno en mostrar la catástrofe como un punto argumental de la historia que no sea el de un detonante de los numerosos conflictos que luego acontecerán.

Así, la historia se basa en reflejar cómo los trabajadores —tanto de la planta en su interior, como los bomberos y equipos de rescate en el exterior— se sacrifican para evitar lo que sería el mayor accidente a causa del error humano en nuestra historia. No obstante, entre los discursos, principalmente los que se dan entre los dirigentes de la planta y el comité de la ciudad, se puede entrever una dura crítica hacia el comunismo —HBO no desperdicia la oportunidad de financiar una miniserie que deja a la luz las falencias de un sistema que utiliza al hombre como objetos en los casos en que pueda esto servir para el bien común. La jerarquía en la planta nuclear es la que define cuál es el hombre que se sacrificará a continuación, a causa de un ingeniero megalómano que se resiste a creer que el núcleo haya explotado. No obstante, la principal ejemplificación de esta dura crítica hacia el sistema se da en la reunión en el refugio entre los dirigentes de la ciudad. Allí, y para volverlo más evidente aún, se hace referencia a la inmortal figura de Vladimir I. Lenin. Un anciano, portavoz siempre de la sabiduría, bajo un discurso orgulloso disfraza de razonabilidad accionares políticos crueles como acordonar la ciudad para que no escape nadie, con el fin de “evitar que la gente eche a perder los frutos obtenidos en los últimos años”.

Pero Chernobyl no es una serie que se limite sólo a retratar los sucesos reales y a crear situaciones magníficamente escritas, sacando a la luz cierta ideología. En ese sentido, los trabajos técnicos son, incluso para lo que nos tiene acostumbrado HBO, increíblemente complejos y superiores a la mayoría de las series. El montaje alterna entre distintas tramas secundarias desarrolladas a lo largo de la inmensa planta nuclear con una soltura y ritmo pocas veces visto, y hace hincapié en primeros planos de personajes que, pese a su silencio, tienen un contenido tan fuerte que comunican con mayor eficacia que la utilización del recurso del diálogo.

Por su lado, el sonido es un generador de suspenso y anticipa constantemente los peligros que acechan a los personajes. A partir de la constante apelación al recurso del fuera de campo, es el sonido el que informa al espectador que los personajes se enfrentan a una situación inigualable. Para generar este clima, utiliza un elemento característico del ambiente. Constantemente, los personajes aluden al sabor metálico —propio de las partículas de uranio flotando en el aire y el grafito presente en los suelos— que sienten en sus bocas. Y es, justamente, un instrumento de viento metálico el que predomina en la banda sonora, la cual, en situaciones de gran suspense, lo acelera rítmicamente, logrando que la utilización del metal contextualice, así como también informe de la tensión de cada momento.

No obstante, es en la fotografía donde se ve el trabajo delicado de la puesta en escena. Así como se utilizan primeros planos increíblemente comunicativos, también se aprovecha el drone para tomar planos generales que se abren cada vez más hasta volver el peligroso fuera de campo parte del encuadre. Las líneas diagonales son las que predominan, generando choques y tensión en cada plano. El fuerte contraste señala la puja entre la fuerza humana y la fuerza catastrófica. Sin embargo, es curioso replantearse respecto a las fuentes de la luz. Esto se debe a que, en la planta nuclear, tras la explosión, los personajes deben ir a los sectores cercanos al núcleo. Allí, las luces explotaron totalmente y es la luz que emana del calor del núcleo, o lo que queda de él, la que genera ese contraste. Normalmente, es la zona iluminada la que representa la comodidad del personaje, y la sombra del contraste la que augura los peligros. Pero en Chernobyl, esto se invierte. La oscuridad representa la salud de los personajes, que se verán constantemente en peligro cada vez que alguno de ellos sea iluminado por la explosión proveniente del núcleo. En caso de que esto suceda, a continuación, su salud se verá deteriorada y es el color rojo de su piel el que nos dará el indicio de los pocos minutos de vida que le quedan al personaje.

La primera entrega de Chernobyl fue deslumbrante, con un ritmo de tensión que mantiene al espectador atento todo el tiempo, aunque, por momentos, impactado, al considerar que todo lo que les sucede a estos hombres realmente pasó. Es interesante preguntarse cómo se logrará mantener este ritmo, pues, al finalizar el episodio, nuevamente aparece Legasov, siendo notificado de que forma parte del Comité creado para investigar y hallar una solución al accidente. Es en la “presentación” —dado que lo conocimos en el prólogo— de este personaje donde descubrimos en quién se apoyará el recurso empático del relato. Mientras todos los personajes minimizan la situación amparándose en los 3,6 Roentgen de radiación que detectan, negando la realidad de que es hasta ese punto que alcanzan los medidores, Legasov, al escuchar esto, considera que es una magnitud más que preocupante. Los siguientes episodios pareciesen estar direccionados en la investigación del ingeniero respecto a lo sucedido, mientras se las ingenian para detener la catástrofe de la planta nuclear antes de que alcance consecuencias mundiales.

Por Luciano Gerez

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