Intensidad punk rocker


El nuevo y atrapante trabajo del realizador Alex Ross Perry (Analizando a Philip, Queen of Earth) se presenta y desarrolla como el descenso artístico de Becky Something (Elisabeth Moss), lider de la banda femenina de punk Something She. Con un manejo de climas agobiantes, lo que hace el director es invitar al espectador a caer junto con su protagonista en los abismos del infierno. Lejos de asemejarse a una biopic rockera, Her Smell se convierte en toda una experiencia demencial más cercana a un film de terror sobre posesiones demoníacas, un retrato para nada complaciente del mundo artístico de la música narrado con la intensidad y la vorágine de sus excesos. 

Título original: Her Smell. Año: 2018. Duración: 134 min. País: Estados Unidos. Dirección: Alex Ross Perry. Guion: Alex Ross Perry. Fotografía: Sean Price Williams. Reparto: Elisabeth Moss, Amber Heard, Cara Delevingne, Dan Stevens, Dylan Gelula, Virginia Madsen, Eric Stoltz, Agyness Deyn, Eka Darville, Gayle Rankin, Lindsay Burdge, Keith Poulson, Craig Butta, Yusef Bulos. Productora: Bow and Arrow Entertainment / Endeavor Content.


El film cuenta con un gran y demoledor poder desde su estructura, la cual se encuentra dividida en cinco episodios o niveles del infierno que atraviesa Becky, una serie de secuencias en tiempo real que funcionan como reflejo de sus estados alterados. Cada uno de dichos momentos sirve para atestiguar la decadencia de la cantante al mismo tiempo que la dinámica y asperezas con la gente que la rodea —las miembros de su banda Mari (Agyness Deyn) y Ali (Gayle Rankin), el representante Howard (Eric Stoltz) que intenta lidiar como puede con la situación y por último Danny (Dan Stevens), ex pareja de Becky que busca lo mejor para la hija pequeña de ambos.

Con elementos y episodios concretos, Perry construye a la perfección el caótico declive de una banda que fue alguna vez exitosa, y si bien la temática del film no es para nada novedosa, sí lo es la forma en que es contado y en la que el director sumerge a la audiencia en sus agobiantes espacios. Es allí donde la edición de sonido cumple un rol fundamental, ya que su constante presencia induce y transmite el malestar latente de la mente de Becky, separándose del material audiovisual y depositándose plenamente en la reacción y las sensaciones del espectador.

La banda sonora y los elementos de sonido establecidos en el film funcionan como una extensión más del caos vivido por Becky, siempre presente y resonando de fondo como si se tratase de música del entorno que se percibe resonando y vibrando detrás de las paredes. Sin embargo, lo que en principio se cree que es sonido ambiente no es más que la distorsión y el repiqueteo del interior de la cabeza de la protagonista que llega a nosotros de manera ininteligible e impactando con el aura de extrañeza ruidosa que genera inestabilidad emocional en uno.

La interpretación de Elisabeth Moss hace que la actriz de alguna manera vuelva a reinventarse y a reafirmar lo excepcional que es. Los climas, el frenetismo y la locura intensa que resulta del trabajo entre Moss y Perry le brindan esa energía caótica tan necesaria como agobiante y claustrofóbica. Las sesiones de ensayos, los rituales chamánicos y la infaltable dosis de drogas y rock and roll, permiten que el film y la propia Becky se conviertan en una figura terrorífica —ante el público y ante quienes la rodean. Pero así como al director le interesa hacer hincapié en la debacle de Becky como artista y persona, también se ocupa de brindarle una mano de ayuda a la protagonista, haciendo de ella una figura, un simbolismo de descenso y redención.

La cámara se ocupa de seguir paso a paso, todo el tiempo, a Becky. Ella sin duda es el motor de la historia —la pulsión latente y frenética. Así, lo que el director hace es seguirla de cerca, de manera cuasi documental en su excesiva interpretación que resulta igual de agobiante que los climas y sonidos que envuelven a su infernal figura. Los separadores de cada secuencia del film —divididas entre el ferviente detrás de escena de los recitales, la grabación de un nuevo EP o la calma tras la tormenta en una apacible casa de campo— funcionan como breves vistazos a la época de gloria de la banda y remarcan la amistad y el cariño que alguna vez hubo entre sus tres integrantes. Esa esperanza del pasado es la que vuelve a estar presente llegando al final de la historia, dejando de lado la presencia abrumadora para dar lugar a la emotividad— un tono que se aleja abruptamente del que predominó en el film pero que reivindica al personaje en la forma de un hermoso cover en piano de Heaven de Bryan Adams.

Tal vez Her Smell pierde algo de fuerza en sus últimos minutos al dilatarse demasiado en alcanzar su final, haciendo que quizás parte del mismo sea el punto más flojo de la enloquecida experiencia ofrecida. Sin embargo, la furia vivida y el espiral infernal al que se ve arrastrado el espectador es algo imposible de olvidar. El film de Alex Ross Perry arremete con fuerza y deja su marca en el ojo expectante, permitiendo que sea imposible dejar de ver, y sobre todo de sentir, la experiencia única que es Her Smell. una de las más intensas que hace tiempo no regalaba la cinematografía. Punk not dead… al menos en el cine.

Por Nicolás Ponisio

 

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