Cuando no solo los muertos regresan
3 star


En una época donde las remakes continúan en su auge, no es de extrañar que otro clásico del género de horror vuelva a la vida. Es así como llega a las pantallas Cementerio de animales, que no solo es otra adaptación de una de las mejores y más cruentas novelas de Stephen King, sino también una remake del film de finales de los ochenta dirigido por Mary Lambert.

Título original: Pet Sematary. Año: 2019. Duración: 101 min. País: Estados Unidos. Dirección. Dennis Widmyer, Kevin Kolsch. Guion: Dave Kajganich, Jeff Buhler (Novela: Stephen King. Historia: Matt Greenberg). Música: Christopher Young. Fotografía: Laurie Rose. Reparto: Jason Clarke, John Lithgow, Amy Seimetz, Jeté Laurence, Hugo Lavoie, Lucas Lavoie, Naomi Frenette, Alyssa Brooke Levine, Maria Herrera, Obssa Ahmed, Bailey Thain, Sonia Maria Chirila, Jacob Lemieux, Najya Muipatayi, Ines Feghouli Bozon, Constance St-Denis-Veilleux, Maverick Fortin, Rosalie Drouin, Ambre Dioh-Dikongué, Julia Jenni Karagioules, Lou Ferrando. Productora: Alphaville Films / Paramount Pictures.


La primera adaptación a la pantalla resultaba ser un gran trabajo del cine de género a la vez que captaba muy bien el tono de la novela —algo de lo que sirvió de gran ayuda fue que el guion estuviera escrito por el propio King. Sin embargo, y contra todo pronóstico, la nueva adaptación a cargo de Kevin Kölsch y Dennis Widmyer también realiza una increíble reescritura del material original, tan inquietante y desconsoladora como su trama requiere.

La macabra historia de la tierra sobrenatural, más allá del cementerio de animales, que regresa a los muertos a la vida, dialoga acerca de la aceptación de la muerte, del manejo de la pérdida y la imposibilidad de algunos para aceptar el duelo. El elemento de horror irrumpe en la vida de la recién mudada familia Creed, y entra en oposición con la racionalidad del padre de familia Louis (Jason Clarke), un médico que, por ende, es alguien que ante toda circunstancia apela a la lógica. Es interesante cómo, por gran parte del metraje, el elemento angustiante se proyecta a través de la relación familiar y cómo los distintos personajes afrontan la idea de la muerte. Es así el caso de su mujer Rachel (Amy Seimetz) que lidia con una sombra de su pasado y que describe a su persona como alguien negada ante la muerte, cual tema tabú. Incluso las repercusiones a temprana edad de la pequeña hija Ellie (Jeté Laurence) o la visión de la experiencia y el entendimiento por parte del vecino Jud (John Lithgow) resultan elementos de interés.

La presencia y el vínculo establecido con Ellie es uno de los aspectos más destacados de esta nueva versión, que se atreve a apartarse considerablemente tanto del film como de la novela original al ser ella quien muere arrollada por un camión y no su pequeño hermano Gage. La muerte de un infante siempre es algo impactante, pero la justificación del cambio yace en la gran construcción realizada a través del vínculo con sus padres y el proceso de la niña de nueve años de descubrir y entender la muerte como algo natural. El contexto que se le es dado al personaje cobra mayor relevancia y profundidad, con lo cual a la hora de atestiguar su muerte y el impacto causado hay toda una narrativa que amerita y construye eso.

Pero claro, el film no se olvida que se trata de una historia de horror, y logra un equilibrio entre el drama familiar, la experiencia y mirada de cada cual sobre vida y muerte acompañado por el terror más escalofriante. La presencia de Church, el felino reanimado de Ellie y las secuencias oníricas en las que Louis es advertido del poder del cementerio por el espectral Victor Pascow (Obssa Ahmed), son de lo mejor en cuanto a aspectos de género que posee el film. Pero el mayor logro continúa siendo el enfoque dramático, sobre todo en aquellos momentos donde se destaca la presencia y el carisma actoral de John Lithgow.

Si el film comienza a sufrir complicaciones lo hace en su tercer acto, donde el balance tan bien desarrollado en casi su totalidad pierde ante los lugares comunes del género. Como si los directores se olvidaran del valor dramático construido y solo dejaran para el climax final situaciones convencionales del cine de horror y que vuelve a alejarse del material original, pero esta vez de manera fallida. Así, el valor dramático de la historia se ve opacado con un final que contradice a la idea explorada de la muerte. Si en el relato original teníamos al padre de familia con el dolor de la pérdida en carne viva y entregado a la negación de aceptar el duelo, aquí todo ese peso narrativo es eliminado por medio de una conclusión que no tiene mayor explicación que un capricho que busca ser efectista en relación al terror más burdo.

De esta manera, Cementerio de animales es en gran parte un buen ejemplo del cine de género que termina viéndose afectado por su tramo final. El film fallece a minutos de llegar a su final y ni siquiera sus directores tienen el poder del cementerio para resucitarlo. La remake se presenta y se construye con gran fuerza e impacto pero llegado un punto, y como bien dice el personaje de Jud, a veces la muerte es mejor.

Por Nicolás Ponisio

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