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Rupert Wyatt, director responsable de la primera entrega de las precuelas de El planeta de los simios, lleva a cabo un film de ciencia ficción con intenciones de elaborar una crítica a la política estadounidense. Con una ausencia completa de mérito alguno o de un mensaje fuerte, La rebelión no se destaca en su forma narrativa ni mucho menos en su discurso. El thriller político con alienígenas como legisladores parte de una premisa interesante: qué ocurre cuando los líderes políticos le ceden el control para gobernar a una raza extraterrestre. Pero es la total falta de ritmo lo que hace que el film se hunda en su malograda historia, sin poder en ningún momento escapar de su larga caída al abismo del aburrimiento.

Título original: Captive State. Año: 2019. Duración: 109 min. País: Estados Unidos. Dirección: Rupert Wyatt. Guion: Erica Beeney, Rupert Wyatt. Música: Rob Simonsen. Fotografía: Alex Disenhof: Reparto: John Goodman, Ashton Sanders, Vera Farmiga, Madeline Brewer, Machine Gun Kelly, D.B. Sweeney, Kevin Dunn, Lizzy Leigh, Daniel Craig Baker, Jonathan Majors, Marc Grapey, Brian Wolfman Black Bowman, José Antonio García, Chronicle Ganawah, Giota Trakas, Jackie Saland. Productora: Focus Features / Amblin Partners / Participant Media.


La trama sigue los pasos de Gabe (Ashton Sanders), un joven que perdió a sus padres a raíz de la invasión alienígena y recientemente a su hermano Rafe (Jonathan Majors) en un intento de rebelarse contra los autoritarios gobernantes. Es así como Gabe intenta involucrarse con el grupo de rebeldes para acabar con la política actual, depositando una mirada por parte del director que cuestiona el punto intermedio entre activismo y terrorismo. Es por ello que la historia cuenta también con el punto de vista de Bill (John Goodman), un agente a cargo del monitoreo y rastreo de la población —especialmente de Gabe por sus posibles contactos con la rebelión.

Dividida entre la toma de decisiones de ambos personajes que funcionan como representantes de dos sectores muy disímiles de esta realidad del futuro, las acciones y pensamientos que los rodean lejos están de cobrar significancia. Esto se debe al hecho de que la historia nunca se esfuerza para que el espectador se interese o preocupe realmente por los personajes o los acontecimientos que se van desarrollando. Secretos y planes tanto de los agentes del gobierno como del grupo protestante están allí como condimentos del thriller para una trama que se muestra compleja cuando en realidad es clara y poco relevante al igual que su mensaje, haciendo prevalecer como constante el desaprovechamiento de buenos actores como es el caso de Goodman o el de Vera Farmiga —en un rol menor que caprichosamente tomará relevancia para un sorpresivo pero caprichoso giro final.

Las escasas y poco atractivas secuencias de acción, los forzados diálogos que exponen ideologías políticas y humanistas, la fría y nula emocionalidad de los personajes, son elementos que por acumulación hacen que la empatía o el interés por lo que ocurre sea algo imposible de conseguir. La ausencia de ritmo o el tono nada interesante de las ideas que plantea, le exigen al público una prolongada paciencia y todo su esfuerzo para no caer bajo el poder del sopor nacido del film. Al menos, quienes sucumben bajo su efecto pueden agradecer el evitar continuar viendo un film tan poco interesante; para los que no y logran llegar a ver La rebelión en su totalidad, quien les escribe los acompaña en el triste sentimiento.

Por Nicolás Ponisio

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