El cine se problematiza a sí mismo


Título original: Singin’ in the Rain. Año: 1952. Duración: 102 min. País: Estados Unidos. Dirección: Stanley Donen, Gene Kelly. Guion: Betty Comden, Adolph Green. Música: Nacio Herb Brown, Arthur Freed. Fotografía: Harold Rosson, John Alton. Reparto: Gene Kelly, Donald O’Connor, Debbie Reynolds, Jean Hagen, Millard Mitchell, Cyd Charisse, Rita Moreno, Douglas Fowley. Productora: MGM.


A la hora de hablar de Cantando bajo la lluvia, se debe ser consciente de que se está ante una de las películas más icónicas de la era cinematográfica. Su alcance fue superlativo, formando parte hoy en día del imaginario colectivo que atraviesa a más de una nación. Considerado uno de los mejores musicales de todos los tiempos, la película dirigida por Stanley Donen y Gene Kelly fue estrenada en 1952, volviéndose un éxito de taquilla. Lo interesante de Cantando bajo la llluvia, y lo que lo diferencia de otros musicales cómicos como Sombrero de copa (1935), es el hecho de no concentrar su argumento en el enredo de la pareja protagónica y sus idas y vueltas a lo largo de la obra.

Ambientada a finales de los años ’20, la película cuenta la historia de Don Lockwood (Gene Kelly), un exitoso actor de cine mudo que, tras el estreno de su última película, queda maravillado con Kathy Selden (Debbie Reynolds), una actriz de teatro —hasta entonces— poco exitosa. Tras el primer rechazo de ella hacia él, la trama pareciese consistir en cómo él podría conquistar su corazón; sin embargo, debajo de la piel de Cantando bajo la lluvia, se puede leer una autobiografía del propio cine. La pareja pareciera quedar a un lado y resolver sus diferencias, cuando el sonido comienza a pisar fuerte en el negocio. Este dote de realismo y crítica hacia un hecho que ha marcado fuertemente el desarrollo de la cinematografía, como fue la llegada del sonoro, es la razón por la cual la película de Kelly y Donen se ha elevado por encima de otros musicales en cuanto a su contenido.

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En pleno auge del cine mudo, con actores y actrices glorificados —tal es el caso de Don y Lina Lamont (Jean Hagen)— y con un público respondiendo al sistema de géneros cinematográficos, el sonido ingresa para socavarlo todo. Así, Cantando bajo la lluvia refleja claramente este momento de transición: desde rodajes que se dificultan debido al poco conocimiento de sus participantes respecto a ondas sonoras, hasta problemáticas de actrices como Lina, cuya voz, oculta hasta entonces, sería una gran dificultad para cautivar al espectador de ahora en adelante. El choque entre el deseo de la voluntad y el cuerpo será representado de manera evidente cuando Cosmo Brown (Donald O’Connor) interprete Make’em Laugh, utilizando la comedia física como un punto de apoyo, pero, a su vez, haciendo evidente el hecho de que los actores de la época tenían dos posibilidades: utilizar sus defectos en pos del éxito cinematográfico o quedar en el olvido.

De este modo, el film representa contundentemente la época manierista del cine. Se trata del cine hablando de sí mismo, constantemente poniéndose en evidencia, dejando en claro los artilugios con los cuales se logran determinados efectos en el espectador. Tal es el caso de la escena en la que Don le demuestra sus sentimientos a Kathy en un estudio, subiéndola a unas escaleras, encendiendo un enorme ventilador que agita su cabello y enfocándola con distintas luces con el fin de generar el ambiente deseado.

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La puesta en evidencia del dispositivo cinematográfico no necesariamente implica que se trate de un representante del cine de arte y ensayo. La filmación, realizada completamente en estudios, y el presuntuoso presupuesto manejado por la película —U$S 2.540.000— son evidencia suficiente para demostrar que estamos ante una obra propia de la industria. Son este tipo de películas que ponen en conflicto la idea de representación y se preguntan por el cine mismo, las que permitirán el surgimiento de grandes obras del cine de autor durante el resto de esa década y la siguiente. Los decorados, pese a sus colores pastel y su arquitectura exuberante, son trabajados a un nivel que funciona conjuntamente con el género musical. Desde el lado del sonido, el trabajo realizado es excelente. Justamente, al problematizar su llegada al cine, su empleo en la película es la clara muestra de todas las acciones nuevas que permite realizar. El juego del micrófono en la escena de Lina en la que accedemos, tal vez, al ficticio invento del corbatero, permite demostrarle al espectador cómo la utilización del sonido enriquece la cinematografía. En ese sentido, Cantando bajo la lluvia hace mofa de las problemáticas que no dejaban dormir a los cineastas de los años ’30: las dificultades con la potencia de cada sonido, el empleo de foleys y la sincronización de imagen y sonido fueron situaciones ante las que cada director de la primera época del sonoro debía demostrar su categoría. La obra de Donen y Kelly se burla de estas situaciones y las recrea a partir de una magnífica utilización, justamente, del sonido.

Respecto al empleo de la fotografía, el film se mantiene dentro de los límites propios del género musical. Los planos enteros abundan mayoritariamente, con el fin de encuadrar los rítmicos zapateos de Don y Cosmo, quienes, tras una bellísima secuencia de montaje a comienzos del film, problematizan el camino cuesta arriba hacia el éxito. La iluminación logra crear atmósferas distintivas, con luces enfocadas que generan sombras en el piso, las cuales parecieran bailar entre sí a la par de los personajes a partir de los cuales ellas surgen. Los cortes en medio de la acción son poco frecuentes y empleados en casos extremos, como el cambio de espacios a partir de los múltiples movimientos de los protagonistas al entonar la canción Good Morning.

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Cantando bajo la lluvia no es solo uno de los máximos íconos cinematográficos por célebres canciones como Make’em Laugh o la que da nombre al título, sino porque, a diferencia de muchos musicales —incluso los contemporáneos como La La Land, cuyo contexto es relativamente similar el film se problematiza a sí mismo. Esto se debe a que fue una de las primeras películas que se animó a hablar de su propia artificiosidad y logró disponer de todas sus herramientas para lograr ese objetivo. En ese aspecto, el empleo del sonido para demostrar los conflictos surgidos a partir de su llegada en los años ’30 es el claro ejemplo de que Donen y Kelly construyeron esta obra de arte pensando hasta en el más mínimo detalle.

Por Luciano Gerez

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