Las historias más rápidas del oeste
3 estrellas y media


Título original: The Ballad of Buster Scruggs. Año: 2018. Duración: 132 min. País: Estados Unidos. Dirección: Joel Coen, Ethan Coen. Guion: Joel Coen, Ethan Coen. Música: Carter Burwell. Fotografía: Bruno Delbonnel. Reparto: Tim Blake Nelson, Zoe Kazan, Tom Waits, James Franco, Liam Neeson, Harry Melling, Bill Heck, Brendan Gleeson, Tyne Daly, Jonjo O’Neill, Saul Rubinek, Clancy Brown, Willie Watson, Ralph Ineson, Grainger Hines, David Krumholtz, Stephen Root, Sam Dillon, Jesse Luken, Chelcie Ross. Productora: Annapurna Television / Mike Zoss Productions. 


Un libro viejo y gastado, con apariencia de haber tenido mejores días y de no quedarle mucho tiempo por delante, reza en su cubierta La balada de Buster Scruggs acompañada de la ilustración de un cráneo de res que yace junto a un árbol muerto. De esta manera, los hermanos Coen dan inicio a su nuevo film marcando el tono del formato de antología en el cual la temática western y la muerte son el punto de unión de todas las historias. Seis relatos que además de la temática en común tendrán como única constante la grandeza visual a la que los Coen nos tienen acostumbrados. No obstante, y como suele ocurrir con la mayoría de obras antológicas, mientras que el film goza de la excelente mirada direccional, es en su desarrollo y en la variedad de historias que la propuesta sufre un desbalance narrativo, lo cual le da una identidad inconsistente a la totalidad del film.

Del total de seis historias, tres logran ser en toda su forma pequeñas grandes obras de arte donde cada uno de sus aspectos conforma la perfección visual y narrativa de sus reflexivos relatos. Los episodios audiovisuales en cuestión, o capítulos literarios si nos apegamos a la idea de que pertenecen a un tomo, son los titulados Vale de comida (Meal Ticket), El cañón de todo el oro (All Gold Canyon) y Los restos mortales (The Mortal Remains). Todos ellos se destacan por sobre el resto debido a que, sin extenderse demasiado como ocurre con algunos de los otros, logran una narración centrada y profunda junto a la variedad de recursos o estilos a los que recurren los directores.

El primero de los relatos mencionados se centra en un hombre de negocios (Liam Neeson) que recorre los pueblos del lejano oeste con la atracción de un joven sin extremidades (Harry Melling), un torso que recita poesías y relatos bíblicos con una intensidad que se halla en armonía con la fuerza visual del relato. Los escenarios naturales invernales que los rodean, invadidos por la nieve y la melancolía, logran que ambos elementos despierten y llamen a la reflexión así como el personaje de Neeson sin casi pronunciar palabras hace lo mismo con la carga que representa su artista. Desde las performances del joven, pasando por las rutinas de convivencia y las expresiones de los protagonistas, se puede apreciar y trasladar al espectador una desazón emocional que refuerza el concepto de muerte y lo liga dramáticamente en términos artísticos, precisamente el medio a través del cual los Coen dialogan sobre ello.

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El segundo de los mejores episodios es tal vez el que mejor aprovecha el ambiente natural de esa Norteamérica de antaño, con el fin de resaltar la belleza y poderío de la naturaleza salvaje para luego someterla a la ambición del hombre que destruye y altera toda la calma a su paso. El concepto del minero en busca (Tom Waits) es la forma en la que los Coen también desarrollan la visión acerca de la naturaleza humana, sirviéndose de ella tanto para compararla y diferenciarla de la naturaleza silvestre. Y lo hacen con ese particular humor negro que satiriza y a la vez impacta fuertemente con la intención de su mensaje, dejándole al espectador una mezcla de sensaciones, maravillado con los elementos naturales y desamparado por observar de cerca la enajenación destructiva de la que forma parte el ser humano.

Por último, la tercera historia a destacar, y con la cual concluye el film, abre paso a una conversación que filosofa acerca de la condición humana, del amor y el accionar que nos define como personas a lo largo de la vida. Irónicamente, los cinco personajes que mantienen esta charla sobre la vida viajan en una carreta que los dirige hacia la muerte. Sin perder el humor, los viajantes le guardan al espectador su lugar en el vehículo porque es imposible ser un mero oyente de sus ideas y principios. Con lo cual, al pensarlas y debatirlas interiormente, el espectador se convierte en un participante activo del viaje cinematográfico de los hermanos cineastas.

Siendo estas tres historias mencionadas lo mejor de un film que hasta con sus mejores ideas no llega a estar cerca de sus mejores obras, los restantes capítulos no logran una profundidad argumental ni la gracia o el dramatismo suficiente como para justificar su inclusión. Incluso, como si se tratase de otra de las ironías de los Coen, el relato centrado en Buster Scruggs (Tim Blake Nelson) que titula al film es el que peor funciona de todos los demás. Con intenciones de asemejarse a sus primeros trabajos en comedia, como Educando a Arizona (1987) o El gran salto (1994), la historia apela a un uso del humor con pocos aciertos, lo que hace que también pierda relevancia su visión acerca de la muerte.

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En definitiva, La balada de Buster Scruggs maravilla desde su realización visual, teniendo en cuenta que es el primer trabajo completamente digital en la carrera de los directores, pero los altos y bajos en su desarrollo lo vuelven un híbrido extraño; uno que nunca llega a fallar del todo ya que, en mayor o menor medida, siempre hay una muestra del talento que los Coen manejan, pero que sin embargo deja consigo la sensación de que los directores no han dado lo mejor de sí. Al igual que el libro que contiene estas historias del lejano oeste, los Coen han tenido mejores días en su carrera. Ojalá que en las páginas que les restan escribir, se encuentren más de las historias que mejor saben contar. Disponible en Netflix.

Por Nicolás Ponisio

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