Nada por aquí… nada por allá
3 star


Título original: Fantastic Beasts: The Crimes of Grindelwald. Año: 2018. Duración: 134 min. País: Reino Unido. Dirección: David Yates. Guion: J.K. Rowling. Música: James Newton Howard. Fotografía: Philippe Rousselot. Reparto: Eddie Redmayne, Jude Law, Katherine Waterston, Johnny Depp, Zöe Kravitz, Ezra Miller, Alison Sudol, Callum Turner, Dan Fogler, Claudia Kim, Ólafur Darri Ólafsson, Kevin Guthrie, Derek Riddell, Ingvar Eggert Sigurdsson, William Nadylam, David Sakurai, Brontis Jodorowsky. Productora: Warner Bros. / Heyday Films.


La saga/precuela de la historia del famoso niño mago supo presentarse en su primera entrega como una interesante nueva aventura que, al no estar anclada a ningún tipo de adaptación literaria, expandía con muchos logros el mundo mágico de Harry Potter. Sin embargo, en dicha primera parte se comenzaban a notar ciertos hilos que se volvían un inconveniente para el desarrollo narrativo, aunque no al nivel de arruinar el resultado final. Con esta nueva entrega, Los crímenes de Grindelwald comienza a sufrir muchos más traspiés que la primera, evidenciando que los verdaderos crímenes son los de David Yates y J.K. Rowling, en dirección y guion, respectivamente.

En su concepción y desarrollo, esta segunda Animales Fantásticos resulta más que problemática, ya que poco conserva de los logros y el encanto de la primera, llevando la historia por otros horizontes que terminan quitándole relevancia al nombre de la saga. En esta nueva aventura, el experto en criaturas mágicas Newt Scamander (Eddie Redmayne) será impulsado por un joven Albus Dumbledore (Jude Law) a viajar a París con el fin de dar captura al mago tenebroso Grindelwald (Johnny Depp). Es así como la historia persiste en narrar una lucha entre el bien y el mal con muchas similitudes a la saga anterior, lo que hace también que el atractivo de seguir las aventuras de Newt y sus exóticas criaturas se desdibuje un poco en pos de llevar la historia a lugares mucho menos interesantes.

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El exceso de tramas y subtramas y la inmensa cantidad de personajes protagónicos y secundarios que son parte de ellas es lo que abarrota una historia que toma distintas ramificaciones. Eso hace que todo se vuelva mucho más intrincado para contar y para entender, perdiendo un eje central que genera confusión en el espectador y la marcada sensación de que las mentes responsables no saben qué quieren contar ni cómo hacerlo. Todas las subtramas que rodean a la principal y la presencia de algunos personajes como Nagini (Claudia Kim), Leta Lestrange (Zöe Kravitz) o el mítico Nicolas Flamel (Brontis Jodorowsky), no llegan a tener relevancia alguna más que cumplir la función de brindar referencias a los fans, haciendo que la narrativa se acomode a su forzada inclusión y por ende que la misma se vea afectada de forma negativa. Sin ir más lejos, Grindelwald, el propio villano de la historia, es un personaje que por interpretación y guion nunca transmite el poder de manipulación y convicción que supuestamente tiene para ir sumando poco a poco más aliados en su guerra.

Pero las fallas del film se extienden mucho más allá del número de personajes o líneas narrativas, acrecentando las inconsistencias, siendo éstas mucho más grandes que el mundo mágico creado por Rowling. Y es que lo que hace la autora como guionista, cuando claramente el hecho de que sea novelista no la capacita para nada como escritora de guiones, es enredarse en sus propias creaciones. De allí nace esa sensación de inseguridad narrativa en la que las buenas ideas comienzan a diluirse. Algunas porque nunca llegan a poder desarrollarse del todo entre tantas idas y vueltas, y otras porque son eliminadas o echadas a perder debido a las contradicciones que desperdician su potencial, borrando con el codo lo que la misma autora escribió en principio con la mano.

Y si bien lo cierto es que la mayor responsabilidad de que el film no logre funcionar debidamente es por su guion, muchas veces el poder disfrutar del mismo se ve imposibilitado por la despareja dirección de Yates, director que ya ha estado a cargo de seis entregas (las cuatro últimas de la saga de Harry Potter y las primeras dos de Animales Fantásticos) y que una y otra vez ha demostrado no ser capaz de contar adecuadamente a través de las imágenes. Esto se percibe más que nada en las secuencias de acción, las cuales no abundan en este film, pero que sin embargo resultan igual de confusas y desprolijas que la historia en sí.

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El gran fuerte de Animales Fantásticos continúa siendo la presencia de las criaturas, lo que debería ser exactamente el centro de sus historias. Y si bien aquí no terminan de ser lo más importante del film, son notables sus momentos en pantalla a la vez que supieron convertirlos en un elemento en la narración que se ve perfectamente integrado a la historia principal. A los seres que ya conocimos, como el simpático Bowtruckle o el escurridizo y divertido Niffler, se les suman otros nuevos como el demonio del agua Kelpie o el Zouwu, una gigantesca criatura china que sin dudas se lleva el absoluto protagonismo animal del film, protagonizando tanto momentos de tensión como de comicidad.

La belleza con la que están tratados los momentos donde las criaturas mágicas deben brillar se presenta de manera alucinante, escenas dignas de ser admiradas pero que a la vez alimentan la lamentación de que la historia y la estética del film apele mucho más a ello, sabiendo que es lo que mejor le sienta y lo que resalta el poder y la inmensidad de ese mundo encantador. Es eso junto a la presencia de Newt, sus interacciones con ese gran y querible personaje que es Jacob (Dan Fogler) y los pequeños pero increíbles momentos en pantalla de Dumbledore los que dejan entrever la grandeza con la que cuenta esta historia y que lamentablemente solo puede alcanzarla tan solo rozándola un poco con la punta de los dedos. Animales Fantásticos: Los crímenes de Grindelwald es una Snitch dorada, la pequeña y veloz pelotita en el deporte mágico del Quidditch, que mientras no logre ser atrapada continuará negándole al film todo el esplendor que puede y debería tener.

Por Nicolás Ponisio

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