Violencia es mentir


Título original: A Clockwork Orange. Año: 1971. Duración: 137 min. País: Reino Unido. Dirección: Stanley Kubrick. Guion: Stanley Kubrick (Novela: Anthony Burgess). Música: Wendy Carlos. Fotografía: John Alcott. Reparto: Malcolm McDowell, Patrick Magee, Michael Bates, Adrienne Corri, Warren Clarke, John Clive, Aubrey Morris, Carl Duering, Paul Farrell, Clive Francis, Michael Gover, Miriam Karlin, James Marcus, Geoffrey Quigley, Sheila Raynor, Madge Ryan, Philip Stone, David Prowse. Productora: Warner Bros. / Hawk Films.


¿Qué puede decirse de un film de culto estrenado hace 47 años que no se haya dicho ya? ¿Dónde debe detenerse el ojo del crítico y del espectador, para dar cuenta de la importancia cinematográfica y narrativa de una película como La naranja mecánica? Los recursos sobran, los análisis abundan, y es que, sin lugar a dudas, el film basado en la novela homónima del escritor inglés Anthony Burgess, es un compendio magistral, que relata con un equilibrio visual perfecto los distintos matices de la violencia.

Ambientada en una Inglaterra distópica, La naranja mecánica relata la historia de Alex DeLarge (Malcolm McDowell), un joven rebelde de escasos principios morales que, no obstante, admira la belleza de las pequeñas cosas y se deleita con la música de Ludwig van Beethoven. Sin embargo, junto a sus amigos, los llamados “drugos”, Alex se divierte ejerciendo todo tipo de actos violentos contra personas inocentes, gozando impunemente del uso de la agresión física y sexual.

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La historia se complica para Alex cuando la policía lo encuentra atacando a una de sus víctimas y es acusado de homicidio. Posteriormente es condenado a 14 años de prisión, que acaban siendo tan sólo dos años de condena por buena conducta. Pero el gobierno elige a Alex como conejillo de indias para testear un nuevo procedimiento de cura contra la violencia criminal denominado “El método Ludovico”. Tras ser sometido a crueles técnicas inductivas de asociación de imágenes con sonidos, los médicos y el gobierno consideran que Alex está curado y listo para ser reinsertado en la sociedad como un ser humano incapaz de manifestar impulsos de violencia. La vuelta a la realidad no resulta nada positiva para Alex, que tras toparse con la indiferencia de sus padres, los maltratos de sus antiguos amigos, y una tremenda vulnerabilidad mental y psíquica ante ciertos estímulos —especialmente la novena sinfonía de Beethoven— decide quitarse la vida. Sin embargo, el intento de suicidio acaba con Alex hospitalizado y con un gobierno expuesto y cuestionado ante los métodos utilizados en el experimento. El gobierno se ve obligado a intervenir, brindándole a Alex cuidados extremos en uno de los mejores hospitales, a cambio de que manifieste públicamente que no guarda rencor alguno contra las autoridades, ya que considera al tratamiento un éxito y se siente curado.

Lo que hizo que este film fuera aún más controversial, fue el hecho de que se trató de una adaptación “incompleta” de la novela original, cuyo final, en el cual Alex, verdaderamente cambiado y aburrido de la violencia, decide reencauzar su vida y generar hábitos de normalidad, recién fue publicado en Estados Unidos en los años 80. La versión kubrickiana, claramente se aleja de esta idea, y pone de manifiesto que Alex, no sólo no se cura, sino que después de ese acto irracional de suicidio, algo en él muta, no hacia la supresión de los impulsos violentos, sino hacia una forma que contempla y repiensa la violencia desde un lugar aún más macabro.

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También podría decirse que la película ejerce una comprometida crítica social a la psiquiatría y a las teorías conductivistas, así como a las pandillas juveniles y al gobierno, por el abuso de poder y la manipulación de la información. Es interesante destacar el tono de sátira e ironía con el que se construye gran parte del relato. Los diálogos y los personajes se muestran acartonados, poseedores de una felicidad ficticia, que esconde insatisfacción y miseria. Rasgos propios de una sociedad distópica, que ya en su novela 1984, George Orwell tan bien describe y desarrolla. Otra forma de manifestación de la ironía, es la manera en la que Alex narra e interactúa con otros personajes mediante la jerga nasdat, un lenguaje adolescente ficticio que combina lenguas eslavas (especialmente ruso) con el inglés. Según palabras del autor, la decisión arbitraria de este lenguaje, fue para “suavizar” las escenas de violencia cruda y que el impacto estuviera apoyado más sobre la acción que sobre la palabra.

Otro elemento que tampoco puede dejar de mencionarse, es la impronta personal de Kubrick en cuanto a lo visual: la elección de los colores, la simetría con la que se construyen las escenas y la forma en la que organizan los elementos dentro cada plano puede asociarse con la composición clásica de una pintura. Quizá el trago más amargo que pueda dejarnos esta película sea la forma en la que retrata la hipocresía de una sociedad enferma que, para curar a un individuo emergente de ella misma, lo somete a la forma de violencia que lo enfermó, como una suerte de serpiente que se muerde su propia cola.

Por Sofía Stigliano

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