El desierto de la violencia y la degradación moral


Título original: Rojo. Año: 2018. Duración: 109 min. País: Argentina. Dirección: Benjamín Naishtat. Guion: Benjamín Naishtat. Música: Vincent van Warmerdam. Fotografía: Pedro Sotero. Reparto: Darío Grandinetti, Andrea Frigerio, Alfredo Castro, Diego Cremonesi, Laura Grandinetti, Rafael Federman. Productora: Ecce Films / Bord Cadre Films / Desvia Produções / Pucara Cine / Sutor Kolonko.


En su tercera película, Benjamín Naishtat se aboca a retratar un período pocas veces abordado por el cine argentino: la etapa previa al golpe del 76. La acción transcurre en 1975 en un pueblo de provincia. Un prestigioso abogado local llamado Claudio Morán (Darío Grandinetti) mantiene un fuerte altercado con un hombre desconocido (Diego Cremonesi) en un restaurant. Este hecho, que podría haber quedado como una simple discusión, tendrá, sin embargo, consecuencias trágicas y hará que el profesional entre -casi sin darse cuenta- en la espiral de violencia, secretos y silencio presente en esa época. A partir de ese momento, Morán estará perdido en la vida y ya no tendrá retorno. Tres meses después, vendrá un famoso y siniestro detective chileno (Alfredo Castro) a descubrir el paradero del hombre extraño.

Naishtat describe con absoluta precisión e inteligencia el clima enrarecido de violencia soterrada que antecedió a la atroz dictadura. En todos los hechos cotidianos, en las relaciones sociales había un ingrediente violento. La complicidad civil con el golpe, el tratar de sacar la mayor ventaja posible de la situación reinante, el “sálvese quien pueda”, la apropiación por parte de ciudadanos aparentemente respetables de los bienes de los desaparecidos, la degradación moral general, el discurso de la profesora de música que dice que “los argentinos sólo queremos trabajar y vivir en paz, no queremos involucrarnos en política” y la falta de sensibilidad social son mostrados con maestría en el filme.

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Son excelentes la fotografía (bien lograda la escena del eclipse) y la reconstrucción de época tanto en los aspectos visuales como en los sonoros. Esto se nota en los peinados, el vestuario, la música, las publicidades. En un verdadero hallazgo, se presenta una insólita publicidad de Bonafide, protagonizada por un joven Antonio Grimau, que se constituye también en un símbolo violento. Hasta en la publicidad se sugería el horror y la sangre.

Resulta muy interesante el duelo actoral entre Darío Grandinetti y Alfredo Castro: uno, contenido y recatado, y el otro, desbordante y expansivo. Grandinetti ratifica una vez más que es uno de los mejores actores argentinos. Son correctos los trabajos de Andrea Frigerio como Susana, su esposa, y de Laura Grandinetti como Paula, su hija. Sorprende la labor de Rafael Federman como el novio patológicamente celoso de Paula —sin duda, habrá que seguir muy de cerca a este joven actor en sus futuros papeles. Asimismo, Diego Cremonesi es otra figura promisoria a la que habrá que prestarle atención ya que su desempeño es brillante. Además, hay una pequeña participación de Alberto Suárez como el interventor de la provincia, resuelta con su habitual solvencia y gracia.

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En definitiva, se trata de un drama policial complejo que admite múltiples lecturas y pone el foco, con gran sustento narrativo y estético, en una de las etapas más ominosas de nuestro país, llevando a cabo una exhaustiva y profunda descripción de la misma. Los premios obtenidos en la última edición del Festival de San Sebastián a la Mejor Dirección, Mejor Fotografía y Mejor Actor (Darío Grandinetti) ya preanunciaban esta verdadera joya cinematográfica que puede convertirse en la mejor película nacional del año.

Por Laura Brosio

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