El espacio verde como forjador de la identidad
3 star


Título original: El otro verano. Año: 2018. Duración: 72 min. País: Argentina. Dirección: Julián Giulianelli. Guion: Julián Giulianelli. Música: Luciano Gagliesi, Sebastián Felisiak. Fotografía: Gustavo Biazzi. Reparto: Guillermo Pfening, Malena Villa, Juan Ciancio, Mara Santucho.


El 25 de octubre se estrena El Otro Verano, el segundo largometraje escrito y dirigido por Julián Giulianelli, quien ambientó en San Marcos Sierras una historia que toca de lleno las relaciones afectivas en las cuales la comunicación no logra ser del todo eficaz.

Juan (Juan Ciancio) es un adolescente oriundo de Buenos Aires que, aparentemente, ha tomado una muda de ropa y escapado a Córdoba. Como sucede a lo largo de todo el relato, las causas que motivan a los personajes no son del todo claras y permanecen difusas. Una vez en San Marcos Sierras, Juan se cruza con Rodrigo (Guillermo Pfening), quien vive una vida solitaria, haciéndose cargo del negocio de su padre: una hostería. Como Juan necesita hospedaje y Rodrigo alguien que lo ayude a refaccionar el complejo antes de que comience la época de turismo, estos dos personajes convivirán y descubrirán que comparten algo más que un techo.

La idea de un espacio verde como punto de reencuentro se hace explícita en esta historia retratada en un gran número de locaciones exteriores. El paisaje se vuelve protagonista, y el calmo aire de las sierras reemplaza el constante nerviosismo de la ciudad de la que escapa Juan. En un pequeño pueblo en el que todos se conocen, los caminos de Juan y Rodrigo se cruzarán. Sin embargo, no se trata de una de esas clásicas historias de “pueblo chico, infierno grande” a la que nos tiene acostumbrado el cine argentino. La intriga principal pasa por descubrir quiénes son estos personajes que dominan la historia. La identidad se vuelve un hecho clave. Tras una conversación telefónica con su abuela, Juan deja en claro que su escape no fue injustificado; ha ido a Córdoba con un objetivo: encontrar a alguien. Por otro lado, Rodrigo parece ser un hombre autodestructivo, alguien que alguna vez lo tuvo todo y decidió tirarlo por la borda. Recluido en su hogar, no comparte otra pasión más allá de su guitarra. Constantemente, sucumbe ante las problemáticas con su pareja, una mesera que pareciese ser la principal atracción nocturna del pueblo. Cada noche, las idas y vueltas con esta mujer hacen de Rodrigo un hombre preso de una relación que no va hacia ningún lado, por la cual pareciese no sufrir, pero cuyas consecuencias se reflejarán hacia el final del relato. Es un personaje problemático que se traslada entre distintas situaciones. Sus relaciones son todas distantes, tanto con sus amigos como con su padre. Llama la atención el hecho de que administre el negocio de este último sin tener una relación cercana a él. Se desliza de una escena a la otra. Pareciese ser que un hecho en el pasado truncó su vida y, a partir de ello, decidió permanecer en un limbo eterno.

La mutua necesidad de uno para con el otro, forja una relación de interés entre Juan y Rodrigo. Cada uno, con sus deseos y marcas del pasado, desarrolla su actividad sin perseguir su meta. El relato jamás deja en claro lo que buscan estos personajes, pero sí se vislumbra el forjamiento de un vínculo afectuoso entre ambos, símil al de padre-hijo. A su vez, es interesante ver cómo se produce esto sin que ninguno hable de su pasado, o de lo que está buscando. Básicamente, Rodrigo le enseña a Juan su mundo; le inculca sus creencias, lo lleva a jugar a la pelota, a pescar, a fiestas populares. A modo de agradecimiento, Juan no intenta ahondar o hacer preguntas sobre su pasado. En uno de sus primeros diálogos, Rodrigo le deja en claro que no le gustan las preguntas. Ese ideal de vida será el que incorporará Juan a la suya, reaccionando de manera similar cuando otro lo someta a un interrogatorio.

Si bien la intriga pasa en un principio por descubrir quiénes son estos personajes, el tema de la identidad se vuelve más fuerte aun cuando emerge la sospecha de que Rodrigo sea el padre de Juan. Múltiples son los indicios que permiten suponer esta teoría, que de la misma manera que se apodera de la consciencia de Rodrigo, sucede con la del espectador. Juan, carente de cierta información, y más ingenuo a la hora de detectar las reacciones de Rodrigo a medida que se suceden los indicios, vive plenamente un romance de verano con Vicky (Malena Villa). Este romance le permitirá conectarse con la naturaleza y redescubrir el lugar donde probablemente fue concebido. San Marcos Sierras es presentado como un lugar paradisíaco en el que la conexión de las personas prospera cuando están rodeadas por la naturaleza y compartiendo la música.

El otro verano 2018

Así como la trama principal, las subtramas de la historia tienden hacia una laguna permanente en las que son más las preguntas que se abren que las que se cierran. Muchas cosas son las que no se dicen. Este hecho de reprimir los primeros impulsos, como siempre, conllevará a una reacción catártica que poco tendrá que ver con la causa del comportamiento de los personajes. Todo esto conduce a una resolución que dejará un sabor amargo en el espectador, ya que no sólo se tiende a la laguna en cada trama de la historia, sino también al excluir el diálogo en una fuerte escena de reencuentro entre los protagonistas, como si el compartir un cigarrillo bastase para no ahondar en las numerosas intrigas que fue tejiendo el relato a lo largo de la obra.

Es destacable el trabajo actoral que ha realizado Giulianelli. La forma en que interactúan los personajes entre sí opacan los diálogos, los cuales se limitan a ser meramente informativos. Las interacciones físicas (una palmada, una caricia en la pierna, un beso) son la base en la que se apoya la estructura que permite el cambio en las relaciones personales. Por momentos se puede ver la química entre Ciancio y Villa por haber trabajado juntos con el director en su primer largometraje, Puentes. De manera similar a varias de las películas de autor europeas, el silencio juega un papel fundamental en la forma en que se vinculan los personajes, otorgando el tiempo de pausa ideal que forja, a través de distintas situaciones, la complicidad y el sentirse a gusto en una relación.

La conexión de la juventud con la naturaleza, reflejada tanto en Juan como en Vicky, es un hecho que llama la atención al espectador. No son mostrados como sujetos pendientes de celulares o medios informativos; sino que buscan encontrarse a sí mismos en medio de un paisaje sublime. Este mismo es “el otro verano”, no la estación de jolgorio y relajación de los quehaceres de la ciudad, sino ese período en el que los jóvenes pueden finalmente unir ciertas piezas de su identidad, dejar la confusión de la adolescencia para convertirse, de a poco, en adultos con una forma de pensar definida. A su vez, el título de la obra, puede remitir a ese otro verano, el que años atrás vivió Rodrigo, y que ahora despierta en él cierta sospecha.

Por Luciano Gerez

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