Por Eduardo Savino


Título original: Aquarius. Año: 2016. Duración: 140 min. País: Brasil. Dirección: Kleber Mendonça Filho. Guion: Kleber Mendonça Filho. Música: Varios. Fotografía: Pedro Sotero, Fabricio Tadeu. Reparto: Sonia Braga, Irandhir Santos, Maeve Jinkings, Julia Bernat, Carla Ribas, Fernando Teixeira, Rubens Santos, Humberto Carrão, Zoraide Coleto, Buda Lira, Barbara Colen, Paula De Renor, Daniel Porpino, Pedro Queiroz, Germano Melo. Productora: CinemaScópio Produções / SBS Productions / Globo Filmes / VideoFilmes / Estudios Quanta / Agência Nacional do Cinema / BNDES.


Aquarius se nutre, fundamentalmente, de dos tradiciones cinematográficas diferentes. En lo estético, remite a ciertas películas de autor de los sesentas y setentas. En particular estoy pensando en Antonioni, Polanski y Coppola. El uso del zoom no solo como recurso de impacto dramático sino como reencuadre, el borramiento de los límites entre lo onírico y lo real que va minando el verosímil, los efectos de montaje o de cámara para representar el estado anímico del personaje: todos recursos que aparecen en películas de alguno de esos directores y que hoy, al principio, resultan chocantes. Pero tienen esa cosa nostálgica, casi vintage que termina haciéndolas atractivas. Por otro lado, en cuanto al vínculo entre cine y política, Kleber Mendonça Filho es deudor del cinema novo, aquella corriente de cine brasileño que nació en los años sesenta y que representaron, entre otros, Glauber Rocha, Nelson Pereira dos Santos y Cacá Diegues. Los realizadores del cinema novo concebían sus películas en sintonía con su teoría y su praxis política. Aquarius (2016), estrenada en Cannes durante el impeachment a Dilma Rousseff (que, según el director y los actores, se trató de un golpe de Estado –posición que yo comparto) se inscribe de lleno en esa tradición.

Con un nivel de producción que dista de aquellas películas de bajo costo del cinema novo y que se acerca más al cine de autor setentero, Mendonça Filho pone en escena algunos de los conflictos sempiternos de su país. Las diferencias raciales y socioeconómicas atraviesan de manera sutil el desarrollo de todo el argumento. El punto de partida del relato está marcado por los comienzos de la década de los 80s. Clara (interpretada en su etapa más joven por Bárbara Colen) acaba de sobrevivir a un cáncer de mama. El país está empezando a salir de la dictadura militar. Desde ese momento, la analogía entre la enfermedad y los gobiernos golpistas de filiación estadounidense va a ser una constante. Además, en esta primera parte empezamos a conocer el vínculo entre Clara y la pasión que la acompaña durante toda su vida: en un auto, en la playa, pone un cassette y suena Another One Bites the Dust de Queen.

En el presente, encontramos a una Clara ex-crítica de música, ahora jubilada y encarnada por una impecable Sônia Braga, quien sigue viviendo en el mismo departamento que compartía con sus hijos y su esposo, fallecido diecisiete años atrás. El edificio está vacío, salvo por la propiedad que ocupa ella. El conflicto se desencadena cuando una constructora le ofrece comprar su departamento para tirar abajo el edificio y construir una torre. La negativa de Clara hace foco en su deseo de aferrarse a lo sólido, a lo que tiene una historia. Lo mismo pasa cuando llegan a entrevistarla de un diario y cuenta una anécdota sobre un vinilo de Lennon que compró en Porto Alegre. Clara hace énfasis en el valor del objeto, su pertenencia a distintos dueños, la relación temporal con acontecimientos históricos –en ese caso, el asesinato del fundador de los Beatles.

Aquarius 2016 Sonia Braga

Ese tipo de relaciones simbólicas –muy típicas del cine de Polanski– aparecen en toda la película. Hay un vínculo importante que se establece entre tía Lucia (Thaia Pérez) –un personaje que solo aparece en la primera parte del film– y Clara. En la primera secuencia estamos en el cumpleaños de Lucia en el departamento –el mismo de siempre– de Clara, mientras sus sobrinos nietos leen una carta que le escribieron. Lucia mira un mueble de madera y se ve a sí misma, de joven, haciendo el amor con su compañero sobre el mismo mueble, en otro lugar, mucho tiempo atrás. Este momento desentona –para bien, de una forma enigmática– en términos de focalización con respecto al resto de la película, donde estamos casi siempre con Clara. Pero además, ese mueble sigue estando en la casa de Clara e incluso aparece, en un sueño, vinculado al pecho que le falta. Es un camino complejo de seguir. Pero es claro que hay una matriz que construyen ambas mujeres en torno a la relación entre el afecto y las cosas materiales. Lo material no es solo acumulación. No es algo que vale dinero. Es algo que condensa tiempos, relaciones, sentimientos. Las marcas en las cosas son como las marcas en el cuerpo: como la cicatriz de Clara, señalan aquello que sobrevivió.

Entonces, ese aferrarse de Clara al departamento, por más absurdo que pueda parecerle a sus hijos, no es un capricho. O sí, pero no es solo eso. Es un elogio de la tangibilidad de las cosas y de las personas. Por eso, cuando Diego (Humberto Carrao), el joven ingeniero de la constructora, le dice que el edificio está vacío, ella responde: “no, yo sigo acá”.

Pero es incomprensible para ese Diego educado en Estados Unidos entender el vínculo afectivo que alguien puede desarrollar con ese espacio, ya que lo único que ve es una oportunidad comercial. Por eso, él y su abuelo, el dueño de la empresa, buscan sacar a Clara de ahí de cualquier forma: amenazándola, haciendo orgías con música a todo volumen, ensuciando el edificio con desechos humanos, provocando incendios. El último truco que se guardan, sin embargo, esconde otra simbología poderosa. Llenan los departamentos vacíos con termitas que se van comiendo el edificio. Le provocan, de alguna forma, un cáncer al edificio. Y no solo está esa idea ahí, de que le causan a su casa un ataque análoga a la enfermedad que sufrió ella de joven, sino que la imagen del parásito que se va multiplicando lenta, progresivamente, comiéndose las estructuras, pone el acento en el ascenso del fascismo en Brasil en los últimos años, que llegó a su punto máximo con la victoria de Jair Bolsonaro el pasado 8 de octubre.

No se trata de una profecía, sino de una aguda lectura del clima político que se avecinaba. La mayoría no podríamos haberlo imaginado. Pero alguien con una vista tan afilada como la de Mendonça sí. Esas termitas que destruyen todo a su paso son, según se desprende de la película, esos adoradores de lo norteamericano que no tienen ningún escrúpulo a la hora de avanzar sobre los derechos del otro. Porque el placer de Diego no está solo en construir un edificio y ganar plata: está en destruir todo lo que, para Clara, guarda algún valor.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *