Por Eduardo Savino


Título original: Maison du bonheur. Año: 2017. Duración: 62 min. País: Canadá. Dirección: Sofia Bohdanowicz. Fotografía: Sofia Bohdanowicz. Reparto: Juliane Sellam, Albert Eddassouki, Manouk Kurdoghlian, Pierre Tougard, Claude Tougard-Lumbroso.


Los últimos años dieron, al menos en el circuito de los festivales, un espacio mayor a cierto tipo de documentales que no por sencillos son más fáciles de definir. La propia Sofia Bohdanowicz, cuya Maison du bonheur (2017) –estrenada en el BAFICI del año pasado– forma parte de este conjunto abierto, se pregunta sobre el género en los últimos minutos de la película. De alguna manera, no es ni un relato, ni un diario de viaje, ni una confesión, ni un retrato; pero, también, en algún punto tiene algo de todo eso, siguiendo la línea de documentalistas como Agnès Varda o realizadores más vanguardistas como Jonas Mekas.

Un buen comienzo siempre guarda la promesa de algo interesante. En este caso, la película empieza con una expectativa de conflicto: la directora canadiense va a viajar a Francia para pasar un par de semanas en la casa de una amiga de su madre, Juliane, a quien no conoce. Esto habla, en principio, de una buena organización del relato. En algún punto, el espectador puede suponer que algo particular habrá de surgir de ese primer encuentro entre las dos desconocidas.

Efectivamente, lo más destacable de la película es cómo se estructura lo que se cuenta. Se trata de una serie de micromomentos claramente delimitados en los que la directora y su personaje se centran, en cada uno, en un tema puntual. La mayoría de ellos tienen a Juliane como protagonista. Su voz –en off– cuenta anécdotas y explica los motivos detrás de decisiones cotidianas, como la importancia vital que da al acto de maquillarse o el ritual del café matutino. De a poco, con un manejo sutil e inteligente de la información, Bohdanowicz va acercándose a una caracterización de Juliane, a partir de planos detalle de objetos en los que el cuerpo aparece de a pedazos, al estilo de Bresson o Haneke. Pero también, en determinados momentos, se separa de ella y reflexiona sobre el viaje y sobre lo discursivo, sobre el acto de filmar. El registro como acto se hace evidente pocas veces. Eso le da cierto aire de naturalidad, ya que no hay un intento deliberado por denotar todo el tiempo la presencia del dispositivo.

Maison du bonheur (2017) film

Volviendo a la construcción del personaje de Juliane, podría decirse que Bohdanowicz trabaja sobre una poética de lo cotidiano, muy presente en esta variante del documental cuya popularización señalé al principio (pienso, sobre todo, en un film brillante que tuve la oportunidad de ver en el festival de cine de Mar del Plata en 2017, que llevaba por título Muchos hijos, un mono y un castillo, dirigida por Gustavo Salmerón). Tal vez la definición genérica de la película pase más por ese lado: no hay una búsqueda de lo excepcional, de lo grandilocuente, ni de lo insólito. El objetivo parece ser el rescate de lo pequeño y de lo simple. Por eso, la división por “temas” –por decirlo de alguna forma– funciona a la perfección. No se intenta construir una cronología ni un sentido obvio. El desarrollo de la película depende fuertemente de las breves reflexiones de su protagonista; es decir, la película entera gira alrededor de la construcción de un personaje.

El hecho de que las anécdotas de una persona cualquiera puedan resultar interesantes para un público general podría encontrar su explicación en la posibilidad de nuevas discursividades que habilita el desarrollo de internet (en particular en lo que refiere a las redes sociales). Parece haber un creciente deseo, tanto por parte del público como de los artistas, de consumir historias mínimas, reales, auténticas. Eso sí, hace falta una técnica narrativa tan pulida como la de Bohdanowicz para que el resultado sea efectivo.

El contrapunto es, quizás, el recurso que más utiliza la directora. Por un lado, hay un doble registro: el diario fílmico y una especie de audiodiario que ella trata de grabar todos los días y que menciona explícitamente en los primeros días de su llegada a Francia. Por otro lado, también hablamos más arriba del uso de la voz en off sobre las imágenes de Juliane. Casi siempre habla sobre lo que se ve, pero como si sucediera todo en otro momento, como si fuera un comentario posterior a la captura de las imágenes. Un momento particularmente interesante disocia lo que hablan las voces y lo que muestra la cámara: Juliane, formada en la astrología, se dedica a estudiar la carta natal de Bohdanowicz y a explicársela, mientras lo que se ve en pantalla es la preparación paso por paso de un bizcochuelo. Podría pensarse que la comparación entre una actividad y otra tiene que ver con cierta simplicidad, con la ligereza con la que Juliane realiza las actividades que le apasionan.

Quizás la interpretación del film varíe según uno se decida por leerlo como uno u otro de los géneros mencionados en el primer párrafo. Elijo quedarme, en principio, con la idea de un retrato construido con tal elegancia que puede ponerse en relación con una frase de la propia Juliane: “Es lindo mostrar al mundo una buena cara”.

El documental está disponible hasta fines de septiembre en la plataforma Mubi (con subtítulos en inglés).

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