Por Luciano Gerez


Título original: The Booth at the End. Año: 2011. Duración: 22 min por episodio. País: Estados Unidos. Dirección: Christopher Kubasik, Jessica Landaw, Adam Arkin. Guion: Christopher Kubasik. Música: Tree Adams, John Swihart. Fotografía: Mariana Sánchez de Antuñano, Kevin Moss. Reparto: Xander Berkeley, Matt Boren, Jack Conley, Jennifer Del Rosario, Norma Michaels, Jenni Blong, Matt Nolan, Michelle Dunker, Sarah Clarke, Dayton Callie. Productora: Emitida por FX; Tornante Company / Vanishing Point Entertainment / Vuguru.


The Booth at the End es una miniserie estadounidense iniciada en 2011 y producida por FX, que no merece quedar aplastada bajo el inmenso pilón de series que abundan en un mundo en el que cualquier trabajo audiovisual está a la distancia de un clic. Sin embargo, este es un peligro que corre por el hecho de que el último capítulo de la obra creada por Christopher Kubasik fue emitido a principios de septiembre del 2012. Seis años, y contando, son los que lleva inconclusa esta miniserie que tiene como protagonista a un enigmático hombre, extraordinariamente interpretado por Xander Berkeley. No obstante, un personaje no es nada si no se da el contexto y la historia adecuada para hacerlo brillar; y este es el caso de esta propuesta que consiste en dos temporadas de cinco episodios cada una.

Tal como lo especifica su nombre, The Booth at the End (La cabina del fondo, en español) atraviesa un único espacio: la última mesa de un café. Por ese motivo, la clásica ambientación estadounidense (que parece ser un comodín debido a su utilización en obras tan diversas que van desde Grease hasta Twin Peaks) no es la excepción. Se trata de un enigmático hombre que se sienta todas las tardes a beber su café mirando por la ventana. Pero la transgresión a nuestras expectativas sucede más tarde, cuando el espectador comprende de qué va realmente la serie. A lo largo del primer capítulo, siete personajes abordan al protagonista en diferentes ocasiones, y se sientan a su mesa a debatir acciones que acarrean un fuerte conflicto interno en cada uno de ellos. Pero… ¿por qué hacen esto? La respuesta es simple, y se va dilucidando de a poco en cada una de estas pequeñas entrevistas. Este misterioso hombre no es meramente un cliente cotidiano de un café, sino que ese es el lugar donde se reúne con quienes realizaron un pacto con él. Cada uno de los entrevistados anhela, en la mayoría de los casos, algo inalcanzable recurriendo a las leyes físicas que nos gobiernan en el día a día. James, por ejemplo, quiere que su hijo se cure de cáncer, mientras que la Hermana Carmela quiere volver a sentir a Dios como cuando era joven, y Willem quiere que una supermodelo se enamore de él. Este caballero enigmático les asegura que sus deseos se cumplirán siempre y cuando hagan dos cosas: una misión que dicta el pequeño libro que lleva consigo, y acudir a él recurrentemente para notificarle cómo avanzan con su tarea. A medida que se presentan los distintos personajes con sus respectivas motivaciones, se les asigna su respectiva misión, y se visualizan sus primeras reacciones ante consignas que no son nada fáciles de cumplir (principalmente debido a la dificultad de los deseos que han pedido), los veintitrés minutos del episodio han pasado y jamás la pequeña mesa del café estuvo ausente en el plano. De esto trata The Booth at the End. Conversaciones entre este hombre y diferentes personajes que deben asesinar niños, poner bombas en bares o defender policías corruptos, en una mesa de café. ¿No es acaso la idea perfecta para una miniserie de bajo presupuesto?

El conflicto interno se adueña de los personajes, y el protagonista, el cual jamás revela su nombre, anota en su pequeño cuaderno todas las contradicciones de sus interlocutores. Los estudia, incluso les hace preguntas retóricas que aumentan la crisis de los mismos. Pareciera que juega con ellos; más aún si se considera el hecho de que los objetivos de uno y otro se interponen. Para que James logre su objetivo, Willem debe fallar; y viceversa. No obstante, para el protagonista no es un juego, sino que es su método para estudiar el comportamiento humano. Pareciera que el personaje interpretado por Xander Berkeley, dotado de toda su ironía, no logra dilucidar si el humano es capaz de realizar cosas terribles a cambio del beneficio propio. Esto conlleva directamente al interrogante principal de la serie: ¿quién es este enigmático hombre? A partir de esto, es fascinante redescubrir pequeñas frases de los personajes antes de realizar el pacto con él. Por ejemplo, la Hermana Carmela, antes de sentarse a su mesa, le pregunta: “¿cómo puedo estar segura de que no eres el Diablo?”. Esta pregunta tan directa se vuelve una retórica que dirige toda la diégesis de la miniserie.

Los sucesos van en aumento a lo largo de los cinco episodios, y ciertas acciones correspondientes a la curva de un personaje, son notificadas mediante otro a causa del entrecruzamiento de sus historias. Con algunos personajes el clímax se vuelve más leve , logrando alcanzar lo comúnmente denominado “final feliz”, pero los giros y los famosos cliffhangers (sucesos que abren una pregunta hacia el final de la temporada) no se hacen esperar y llega un pacto que hasta ese momento parecía irrealizable.

La idea del plano y contraplano pareciese ser la más simple para narrar una historia basada en su totalidad en los diálogos. Sin embargo, no todo el tiempo abunda este recurso. Esto se debe a una intromisión constante que, si bien no incomoda al protagonista, lo saca por momentos de su “trabajo”. Esta intrusa se llama Doris (Jenni Blong) y es la camarera del café. A lo largo de toda la primera temporada atosiga al personaje de Berkeley con preguntas respecto a su trabajo, intentando adivinar de qué trabaja el hombre y por qué tantas personas asisten a consultarle en el día a día.

Con un cliffhanger tan abierto como con el que cierra la primera temporada, se vuelve muy difícil no darle play de inmediato al primer episodio de la segunda; y es aquí donde la cosa se vuelve aún más interesante. Hasta el momento, sólo se había presenciado el gran poder del protagonista y ciertas misiones que conllevaban a conflictos internos de sus clientes. A decir verdad, si no fuese por el cliffhanger, tal vez no le hubiese dado una oportunidad a la segunda temporada. Sin embargo, aquí Kubasik ha logrado darle una vuelta de tuerca a la historia; pues, no sólo consiste en personajes más oscuros que no le revelan directamente al espectador su motivación o sus intenciones, sino que se logra enriquecer de manera notoria al protagonista. A lo largo de la primera temporada, fue un titiritero que hacía uso de su poder para comprender al ser humano que tenía enfrente. En la segunda, cómo bien él dice, quiere comprender qué es lo que los motiva, cuya respuesta termina siendo más trágica que varios finales de películas románticas. Y esto no lo es todo, ya que algunos pactos de la primera temporada tienen sus consecuencias, por más de que el café sea otro y los nuevos clientes con los que trata el personaje de Berkeley sean caras nuevas. Y, más importante que todo lo demás, el mayor giro que toma la historia (esto conlleva a un spoiler) es nuevamente la presencia de Doris, revelándose ya no como camarera, sino como una mujer perteneciente al mismo nivel (¿de deidad?) que el protagonista. Ambos personajes se encuentran ya sin máscaras, y todo lo que se calló el hombre de la mesa del fondo en la primera temporada, sale a la luz en conversaciones oscuras con la blonda joven que lo sigue a todos lados.

Booth at the end 2

The Booth at the End es una serie ambientada en una única locación y narrada de esta manera es difícil remarcar ciertos trabajos técnicos como el arte y el sonido. De hecho, en cuanto a la dirección de fotografía, apenas pueden apreciarse los cambios de luces entre las charlas a causa del cambio de horario. Sin embargo, es innegable que la gran estrella de la obra es Berkeley. Por momentos irónico, por momentos confundido, interpreta a un personaje del cual es difícil asegurar su nivel de humanismo y que guía a varias almas torturadas, siempre apoyándose en el marco de las reglas.

Resulta innegable el hecho de que, con un mayor presupuesto y otra idea de narrativa que se anime a salir de la seguridad del café, The booth at the End sería una serie de mucho mayor atractivo. La cotidianidad de las entrevistas resulta, por momentos, sofocante. Se extrañan los planos abiertos y los exteriores (ni hablar de la cámara en movimiento). Sin embargo, adaptándose siempre al presupuesto, también es maravilloso cómo, a partir del guion, se ha logrado una serie que resulta por momentos atrapante y que rompe todas las expectativas de la audiencia en la segunda temporada. Si hubiese sido similar a la primera, definitivamente la tercera temporada sería inviable. Sin embargo, al volverse más compleja y oscura, la miniserie logra, en su segunda temporada, que la expectación por una tercera siga latente seis años después. La posibilidad siempre estuvo, pero Kubasik declaró en varias entrevistas que le parece que el formato de miniserie restringe a esta historia, la cual está convencido de que ha de continuarla en la pantalla grande.

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