Por Hernán Touzón


Título original: The Rider. Año: 2017. Duración: 104 min. País: Estados Unidos. Dirección: Chloé Zhao. Guion: Chloé Zhao. Música: Nathan Halpern. Fotografía: Joshua James Richards. Reparto: Brady Jandreau, Tim Jandreau, Lilly Jandreau, Cat Clifford, Terri Dawn Pourier, Lane Scott, Tanner Langdeau, James Calhoon, Derrick Janis. Productora: Caviar Films / Highwayman Films


La pantalla de un móvil muestra la imagen congelada de un jinete que espera por salir a la arena en una competición de rodeo. El video se reproduce y lo que sucede a continuación deja al público en shock: el joven cae del caballo y éste pisa su cabeza, provocándole una fractura de craneo de la que aún sufre duras secuelas. The Rider, docudrama estadounidense de la realizadora Chloé Zhao, sigue la lenta recuperación de Brady Blackburn (Brady Jandreau), concentrándose en las dudas del jinete acerca de su futuro próximo. Si bien el protagonista es consciente de que regresar al mundillo del rodeo implica un gran riesgo para su vida, su ser interior lo empuja a retomar la actividad por la que es conocido y vitoreado en el pequeño pueblo rural de los lakotas, lugar en el cual aún hoy se conservan las costumbres y atuendos típicos del imaginario cowboy.

El gran hallazgo del filme reside en la forma por la cual es retratado el ámbito del rodeo, siendo la inclusión de actores no profesionales en su contexto cotidiano un ingrediente que le otorga una gran dosis de realismo a los eventos narrados. La decisión de la cineasta de respetar los lineamientos de la historia real, incluyendo el terrible accidente y las actuaciones de los propios familiares de Brady (su padre Tim y su hermana Lilly, que padece de autismo) se refleja en un relato en el cual las particularidades de cada personaje y sus motivaciones adquieren una dimensión y profundidad muy atractivas.

The Rider_scene

Brady, personaje críptico que esconde mucho y habla menos, tiene una presencia escénica muy fuerte, lo que se potencia en los momentos en los que demuestra sus habilidades para preparar y domar caballos salvajes que luego serán el deleite del pueblo en las competiciones locales. Por ese motivo, las escenas en las que el protagonista interactúa con los animales no necesitan de comentarios añadidos, recordándonos esa maravillosa capacidad del medio cinematográfico de retratar la realidad de forma cristalina, mediante un seductor juego entre realidad y ficción.

A su vez, ese interesante y peculiar trasfondo real de una cultura y forma de vida en vías de extinción entra en contacto con recursos que pertenecen netamente al mundo de la ficción, en un diálogo rico en simbolismos y metáforas: en una escena, el caballo que Brady está preparando (y con el cual siente una profunda cercanía) sufre una lesión y la comparación con su accidente nos sugiere algo que atraviesa el total del metraje, esto es, la pregunta sobre cómo salir adelante cuando un hecho fortuito nos impide hacer lo que estamos destinados a hacer. Ese interrogante se convierte en el leitmotiv de una historia de superación (no confundir con autoayuda) que combina el drama con el western y cautiva por su honestidad y sencillez, algo que debemos agradecerle a esta talentosa directora.

Esta reseña fue originalmente publicada en la revista No Todo en septiembre de 2018.

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