Por Hernán Touzón
3 estrellas y media


Título original: Penélope. Año: 2017. Duración: 90 min. País: España. Dirección: Eva Vila. Guion: Pep Puig, Eva Vila. Música: Juan Sánchez ‘Cuti’. Fotografía: Julián Elizalde. Reparto: Carme Tarte Vilardell, Ramon Clotet Sala. Productora: Araki Films / Eurimages / Institut Català de les Empreses Culturals / Instituto de la Cinematografía y de las Artes Audiovisuales / PolandStudio / Televisió de Catalunya.


Penélope, tercer largometraje de la directora catalana Eva Vila (B-side: Music in Barcelona y Bajarí) comienza con una toma aérea en la que solo hay nubes, elemento que remite a aquello que muta, y que por ende no conserva su forma en el tiempo. Con el correr de los minutos, las nubes se disipan y vemos el pueblo de Santa María d´Oló. Allí, seguimos los pasos de Ramón (Ramón Clotet Sala), un hombre misterioso que recorre, en soledad, el sitio al que ha regresado después de muchos años, intentando reconocerlo. En paralelo, conocemos a Carme (Carme Tarte Villardell), una entrañable anciana que es la costurera del pueblo y pasa sus días tejiendo con su máquina, siendo la partida de Ramón algo que no le ha impedido construir una apacible vida íntima. Pero en el fondo, la espera persiste, inconsciente y cotidiana.

El mito de Odiseo (y su regreso a Ítaca), retomado y expandido en múltiples direcciones, se convierte en el esqueleto de un drama que hace de las imágenes y los sonidos su recurso expresivo por antonomasia. Sin recurrir demasiado a los diálogos sobre explicativos y utilizando fragmentos del poema de Homero, el filme adquiere vuelo propio al conectarnos con un entorno desolado que también tiene mucho de mágico y sobrenatural. El diálogo intertextual que se plantea entre la película y el poema épico La Odisea tiene una justificación personal, ya que la cineasta se propone reformular la ya conocida historia y traerla al presente, proponiendo nuevas lecturas y un final alternativo. De esta manera, lo inmutable del mito, su canonización, desaparece. La radio se transforma en el elemento clave que nos sitúa en el aquí y ahora (el debate en torno a la independencia de Cataluña es lo primero que identificamos en el mar de voces radiofónicas). Afuera, las fiestas populares y el sonar de las campanas nos sumergen aún más en este pueblo de montaña que parece haberse quedado en el tiempo.

Vale aclarar que el filme no tiene un acercamiento convencional en cuanto al tratamiento del conflicto (no es una película que quiera caer bien y entretener a toda la audiencia), lo que se verifica en unas actuaciones que tienen mucho de improvisación, sumado a un guion que elude los puntos de giro de gran peso dramático. Salvando el hecho de poseer una estructura tripartita que da algo de forma a la narración (“La llegada”, “La espera” y “El retorno”), se trata de una obra que busca conmover más desde la puesta en escena que apelando a formulaciones literarias o a una trama cerrada. Y lo logra, porque el director de fotografía Julian Elizalde captura en bellísimos planos ese clima de melancolía y soledad de un relato que, potenciado por una banda sonora muy sugestiva, también aprovecha para hablarnos sobre el paso del tiempo, la vejez y la memoria. Habrá pues que seguir de cerca a esta directora cuya primera cinta de ficción después de dos documentales relacionados al mundo de la música evidencia un riesgo y una aproximación experimental muy interesante.

Esta reseña fue originalmente publicada en la revista No Todo en septiembre de 2018.

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