Por Hernán Touzón


Título original: First Reformed. Año: 2017. Duración: 108 min. País: Estados Unidos. Dirección. Paul Schrader. Guion: Paul Schrader. Música: Nicci Kasper, Brian Williams. Fotografía: Alexander Dynan. Reparto: Ethan Hawke, Amanda Seyfried, Michael Gaston, Cedric the Entertainer, Victoria Hill, Philip Ettinger, Bill Hoag, Michael Metta, Frank Rodriguez, Mahaleia Gray, Elanna White, Satchel Eden Bell, Joseph Anthony Jerez, Jake Alden-Falconer, Otis Edward Cotton, Delano Montgomery. Productora: Killer Films / Arclight Films / Omeira Studio Partners. Distribuida por A24.


La última película de Paul Schrader, quien fuera guionista de la clásica Taxi Driver, tiene como protagonista a Ernst, un pastor protestante con una densa historia personal, que atraviesa una crisis moral y religiosa, la cual altera profundamente su visión del mundo. Sólidamente interpretado por Ethan Hawke, este personaje que oculta más de lo que muestra se convierte en el sostén de un filme que combina drama y suspense, además de reflexionar sobre el estado de situación de la cultura Occidental, haciendo hincapié en las contradicciones cada vez más evidentes entre el discurso oficial, que pregona las buenas costumbres, frente a una realidad cruda y angustiante.

Schrader opta por un formato de cuadro ya prácticamente en desuso como es el 1.37:1, que si bien fue utilizado en los últimos años por algunos directores de cine independiente como Pedro Costa o Gus Van Sant, remite a una estética pasada, lo que resulta un acto consciente por parte del realizador, tomando en cuenta que sus dos mayores influencias son Los comulgantes de Ingmar Bergman (1963), y Diario de un cura rural de Robert Bresson (1951). Si bien estas relaciones intertextuales no se ocultan (Ernst, al igual que el pastor Jonas en la película de Bergman, es incapaz de consolar a sus fieles, a la vez que lleva un diario personal que, voz en off mediante, nos retrotrae directamente al protagonista del filme de Bresson), esto no va en detrimento de la propuesta autoral de Schrader, por su original reflejo de problemáticas actuales en un mundo cooptado por intereses corporativos.

La decisión de ambientar la historia en un marco religioso no es arbitraria y funciona en varios niveles. En primer lugar, desde el punto de vista de la psicología y la moral, la presentación de un personaje espiritual que pierde su fe en una doctrina es atractiva por la posibilidad de exhibir un contraste entre esa incansable búsqueda de sentido y las actitudes terrenales de las autoridades de la institución (en este caso, la iglesia protestante). En segundo lugar, el acercamiento social, que se evidencia cuando el filme explicita las complejas relaciones de poder entre religión, economía y política, le otorga un sustrato crítico a los ya mencionados elementos dramáticos del argumento.

La película tiene un ritmo pausado, con predominio de escenas dialogadas en las que el subtexto (lo no dicho) cobra más relevancia a medida que la trama avanza, haciendo de los silencios un recurso que acrecienta nuestras expectativas acerca de lo que sucederá. A su vez, con el correr de los minutos, y particularmente durante la segunda parte del filme, la narración adquiere un carácter dual muy sugerente, en el cual la realidad interior del protagonista lentamente se va solapando con lo que sucede a su alrededor, llevándolo a un estado de profunda incertidumbre y desconexión, aspecto reforzado por una inquietante banda sonora. En ese sentido, podemos encontrar similitudes y guiños hacia las alteraciones que sufre el personaje de Travis en la cinta de Scorsese, pero en un contexto completamente distinto, ya que en este caso el ámbito suburbano dista del bullicio característico de la ciudad. Empero, tras esa pantalla de supuesta tranquilidad y monotonía se esconden mezquindades y contradicciones que el director se encarga de sacar a la luz.

Esta reseña fue originalmente publicada en la revista Culturamas en Agosto de 2018.

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