Por Hernán Touzón


Título original: One of Us. Año: 2017. Duración: 95 min. País: Estados Unidos. Dirección: Heidi Ewing, Rachel Grady. Música: T. Griffin. Fotografía: Jenni Morello, Alex Takats. Reparto: Etty, Chani Getter, Ari Hershkowitz, Luzer Twersky. Productora: Loki Films.


Luego de una breve introducción, One of us nos presenta una inquietante llamada de emergencias en la cual una madre denuncia las amenazas de los familiares de su esposo. Si a primera vista creemos asistir a un documental sobre la violencia de género, el relato rápidamente se orienta hacia el interior de la comunidad jasídica neoyorquina, grupo ortodoxo judío en el que rigen estrictos códigos de conducta, de vestimenta y de socialización. Las realizadoras Heidi Ewing y Rachel Grady alternan tres casos reales de antiguos miembros de la comunidad que, por diversos motivos, decidieron apartarse y en algunos casos seguir una vida laica, lo cual conlleva serias consecuencias en sus vidas.

La narración entrelaza las experiencias de Etty (una mujer luchando por la custodia de sus hijos tras una separación causada por la violencia de su marido), Luzer (un joven cuya única opción al manifestar su perdida de fe religiosa y querer seguir su vocación de actor ha sido la de abandonar a su familia) y Ari (un adolescente en la última etapa de rehabilitación de drogas que decide cambiar su apariencia ortodoxa de pelo largo y vestimenta formal luego de comenzar a dudar de la existencia de Dios). Recurriendo a un estilo intimista, con una mirada que subraya la distancia entre el grupo religioso y el resto de la sociedad, el filme explora los modos por los cuales la religión se convierte en un rígido sistema de control que, paradójicamente, les otorga a los fieles un rasgo identitario al cual aferrarse.

Si los diferentes casos manifiestan una lucha interna que lleva a los ex jasídicos a una situación de angustia y ansiedad acerca del futuro que les espera fuera del cerrado círculo al que estaban acostumbrados, también expresan un lógico apego emocional a esa forma de vida que se remonta a la crianza y los ha marcado profundamente a nivel personal. Esto se debe a que el grupo religioso se inmiscuye en todos los ámbitos de la vida de sus integrantes, proveyendo a su vez, de servicios sociales y educativos como pueden ser redes de escuelas privadas, medios de salud y hasta abogados experimentados cuando surgen disputas que amenazan la estabilidad de la comunidad.

Si bien en algunos pasajes el documental recurre en exceso a las entrevistas, las tomas de seguimiento donde vemos la vida diaria de los personajes reales logran sumergirnos de lleno en un universo poco conocido y retratado en pantalla. A su vez, el filme deja en evidencia las complicidades de una comunidad en la que todo lo que sucede puertas adentro es ocultado y silenciado (incluyendo graves delitos como las violaciones o el maltrato físico). Combinando la denuncia social con un acercamiento psicológico muy sugestivo en el cual nos identificamos con la situación de cada uno de los entrevistados, la película resulta una sutil exploración de los conflictos íntimos y su interrelación con el entramado social y religioso, tomando como eje la cuestión de la búsqueda de la identidad y el ostracismo al que son condenados aquellos que no comparten la imposición de una doctrina. En ese sentido, One of us es un documento necesario que, al introducirse en el corazón del jasidismo, echa luz sobre una problemática que excede la religión judía en particular y reflexiona sobre la falta de límites en cuanto al ejercicio de la autoridad religiosa en el ámbito civil.

El documental está disponible en Netflix.

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