Por Hernán Touzón


Título original: A Ghost Story. Año: 2017. Duración: 87 min. País: Estados Unidos. Dirección: David Lowery. Guion: David Lowery. Música: Daniel Hart. Fotografía: Andrew Droz Palermo. Reparto: Rooney Mara, Casey Affleck, Rob Zabrecky, Will Oldham, Liz Franke, Sonia Acevedo, Augustine Frizzell. Productora: Ideaman Studios / Sailor Bear / Zero Trans Fat Productions. Distribuida por A24.


A pesar de lo que sugiere el título, A Ghost Story no es una película de terror ni de suspenso. Si bien recurre, en escenas puntuales, a ciertos artilugios audiovisuales que pueden llegar a sobresaltar al espectador, la construcción de un ámbito enrarecido tiene la finalidad de promover una reflexión sobre el proceso de duelo, el paso del tiempo y la trascendencia del individuo. Mediante un estilo minimalista que prioriza los silencios y los espacios vacíos, la película narra la historia de un fantasma que merodea por la casa que alguna vez fue suya, pero que ahora solo puede observar desde otro plano, mientras su pareja sobrelleva la angustia causada por su muerte.

Es ingeniosa la manera por la cual el relato nos presenta la figura del fantasma, ya que alejándose de cualquier técnica efectista, el director recurre a la inteligente decisión de representarlo a través de la sábana blanca que cubre su cuerpo sin vida en la morgue. El retorno del antiguo morador a su hogar (el espectro camina en dirección a la casa a paso firme y decidido, como quien debe cumplir un objetivo vital) se convierte en la manifestación física y visual de un fenómeno que, a la luz de los siguientes eventos, tendrá su correlato en misteriosas intervenciones como la de hacer sonar un piano en medio de la noche, alterar la iluminación de las habitaciones o mover (y a veces tirar) objetos (libros, platos) del lugar.

A través de un ritmo pausado, con milimétricos movimientos de cámara y zooms que remiten al cine de Kubrick, sumado a una banda sonora que combina orquesta y efectos, el filme da cuenta de una mirada que logra reflejar en imágenes y sonidos los dos extremos por los que discurre nuestra percepción del tiempo: una que convierte el correr de los segundos en un agobio y otra por la cual somos testigos de su inherente fugacidad. En una escena, la pareja en duelo (Rooney Mara) come, en el suelo y cada vez con mayor voracidad, un pastel que le han dejado, mientras la cámara permanece estática durante los casi cinco minutos que tiene lugar la acción, en un intento por evidenciar cómo el paso del tiempo está indefectiblemente ligado a nuestras emociones, miedos y ansiedades. En otra secuencia, el fantasma es testigo de la transformación que sufre su antigua casa, que ahora, en un futuro indeterminado, es un monumental edificio que no conserva nada de aquel acogedor espacio hogareño. Lo interesante en ese aspecto es cómo el realizador reflexiona sobre la perdida y la memoria; en particular cuando somos testigos junto al fantasma de cómo la chica rehace su vida y vuelve a su rutina, mientras el espíritu permanece anclado a su amada en la posición de eterno observador.

Bellamente fotografiada en un formato atípico en la actualidad como es el 1.33:1, A Ghost Story halla su razón de ser en la coexistencia de lo duradero con lo efímero. Esto se debe a que la trágica historia de amor funciona como sostén emocional y punto de referencia de una historia que si bien excede temporalmente la relación amorosa en concreto, extendiéndose hacia los confines del tiempo, siempre retoma el momento particular del encuentro entre las dos almas. Por ese motivo, la canción que el protagonista compone (Casey Affleck) y hace oír a su pareja, se vuelve un acompañamiento sonoro que persiste más allá del tiempo y da cuenta de los intentos del ser humano por dejar una huella en su corto paso material por este mundo.

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