Por Hernán Touzón


Título original: Once. Año: 2007. Duración: 85 min. País: Irlanda. Dirección: John Carney. Guion: John Carney. Música: Glen Hansard, Markéta Irglová. Fotografía: Tim Fleming. Reparto. Glen Hansard, Markéta Irglová, Hugh Walsh, Gerry Hendrick, Alastair Foley, Geoff Minogue, Bill Hodnett, Danuse Ktrestova. Productora: Samson Films / Summit Entertainment / RTÉ.


En la primera de sus tres películas sobre el mundo de la música, que incluye Begin Again (2013) y Sing Street (2016), John Carney incursiona en el musical de un modo poco convencional y novedoso. En Once no hay coreografías ni decorados que adornen las interpretaciones sino tan solo una guitarra y, ocasionalmente algún piano o base rítmica. La calle, una habitación o el asiento trasero de un bus resultan los escenarios idóneos para reforzar el aspecto mundano de la vida en la que la fama resulta una quimera. El filme presenta la historia de Guy (Glen Hansard), un talentoso músico callejero de Dublin que, afligido por una ex novia que lo dejó, descarga sus disgustos en sentidas canciones, mientras trabaja junto a su padre reparando aspiradoras. El relato sucede en el lapso de una semana, tiempo en el cual el protagonista conoce a una inmigrante checa (Markéta Irglová) que comparte su gusto por la música, y acarrea una historia amorosa similar, embarcándose en la grabación de un disco con el que el Guy planea lanzar su carrera de manera profesional.

Con una estética realista y cuasi documental, sumado a un tratamiento informal de cámara que captura, gran angular mediante, la cotidianidad de los personajes y los barrios bajos de Dublin, la película alterna un drama romántico (los vaivenes amorosos de Guy y la chica, de la que nunca conocemos su nombre) con una serie de escenas cantadas, en donde tanto las letras como la música elevan el peso emotivo de la historia de amor. Si bien las canciones logran combinarse con el desarrollo del argumento, ciertos puntos de giro del guion se vuelven algo forzados, dando como resultado un final poco orgánico en relación a las expectativas generadas en torno a los amantes. De todas maneras, el valor artístico de los temas musicales y el carisma del protagonista dan vida a un filme que encuentra su faceta más sugestiva en la presentación de un ámbito urbano gris que se contrapone a la emotividad de las interpretaciones, a lo que se suma la decisión del realizador de optar por un casting de músicos antes que de actores, elemento que aporta cercanía y verosimilitud, acrecentando la identificación del espectador.

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