Por Hernán Touzón


Título original: Benzinho. Año: 2018. Duración: 95 min. País: Brasil. Dirección: Gustavo Pizzi. Guion: Gustavo Pizzi, Karine Teles. Fotografía: Pedro Faerstein. Reparto: Karine Teles, Otávio Muller, Adriana Esteves, Konstantinos Sarris, César Troncoso. Productora: Bubbles Project / TV Zero / Mutante Cine / Pandora Films.


Después de su paso por Sundance y Róterdam, y tras haber ganado tanto el premio de la crítica como el de mejor película iberoamericana en el Festival de Málaga, se estrena este drama ambientado en las afueras de Río de Janeiro en el cual una madre de familia (Irene, interpretada magistralmente por Karine Teles) debe hacer malabares para encargarse de la crianza de sus cuatro hijos, además de tener que lidiar con la llegada a casa de su hermana Sônia (Adriana Esteves), quien intenta escapar junto a su pequeño hijo de su abusivo marido. El conflicto para esta familia en apuros económicos se origina cuando Fernando (Konstantinos Sarris), el hijo mayor, que tiene gran talento como portero de balonmano, recibe una propuesta para jugar de manera profesional en un equipo alemán. La sorpresiva noticia es recibida con alegría pero también con cierto recelo por parte de Irene, quien tiene una relación muy cercana y protectora con su hijo adolescente. Su esposo Klaus (Otávio Müller), en cambio, entiende que esta oportunidad es única para su hijo, por lo que se encarga de todo lo relacionado a trámites y burocracia, lo cual requiere de urgente atención ya que el joven debe partir en veinte días. La historia está levemente inspirada en las propias experiencias del director (Gustavo Pizzi), quien a corta edad dejó su casa para jugar al balonmano y aún recuerda ver a su madre llorando mientras su bus se marchaba. El nacimiento de sus hijos (mellizos que tuvo junto a su ex esposa Karine Teles, quien además de protagonista es coguionista del filme) fue otro de los disparadores para el realizador, ya que este hecho lo llevó a reflexionar sobre cómo sería enfrentarse a la partida de sus propios hijos en un futuro. Dejando la trama deportiva en segundo plano, Pizzi se sumerge en la psicología de Irene, una mujer de gran fortaleza pero también con la enorme debilidad de no poder asimilar los cambios que suceden a su alrededor, en especial los que giran en torno a la cuestión de que su hijo ya no es un niño.

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A lo largo de la narración, la protagonista acompaña a sus hijos en sus actividades, mientras aporta dinero a la economía doméstica como vendedora independiente de telas. Su esposo, dueño de una librería al borde de la quiebra, es un hombre afectuoso pero poco hábil en lo que respecta a negocios, lo que vuelve dificultoso el día a día: la casa familiar se cae literalmente a pedazos, a la vez que el proyecto de reforma del lugar se pospone irremediablemente. Esto da pie a algunos momentos en los que el director, hábilmente, explora el terreno de la comedia costumbrista: al comienzo del filme, Irene se dispone a llevar a sus hijos a la escuela pero la puerta de entrada no abre, por lo que deben salir por la ventana haciendo uso de una escalera. En otra escena, que tiene lugar inmediatamente después del anuncio de Fernando sobre su viaje a Alemania, el grifo de la cocina falla y el agua comienza a brotar en todas las direcciones, mientras Irene intenta detener la inundación con sus manos. Mediante este tipo de situaciones, vemos cómo la familia se va adaptando a las circunstancias, y en especial, cómo la protagonista nunca parece rendirse, encontrando soluciones alternativas a los problemas. Pero la inminente partida de su hijo resulta ser la gran prueba para esta madre y esposa que ha dedicado su vida a la familia, y que recién ahora, con 40 años, ha logrado finalizar el bachillerato (un logro personal que le ha costado más de la cuenta y del cual tanto ella como su familia están extremadamente orgullosos). Sumado a esto, las dificultades económicas llevan a Klaus a considerar la venta de la casa de veraneo familiar, lo que agudiza la crisis de Irene, quien intenta aferrarse a lo poco que queda de su anterior estilo de vida, insostenible en el presente. El apego del personaje a su pasado se refleja de manera precisa cuando visita a su antigua empleadora para invitarla a la ceremonia de graduación escolar. Lo llamativo de esta escena es que si la protagonista se muestra exageradamente amable con la señora, la arpía mujer no oculta su falta de interés por la invitación y sigue tratando a Irene como su empleada, revelando además las profundas diferencias de clase que existen en el país.

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La película indaga sobre los roles familiares, especialmente en relación a la figura materna y a la errónea percepción social de que la tarea primordial de la mujer es la de hacerse cargo de los quehaceres del hogar. Refutando esto, Irene no solo está pendiente de sus hijos, sino que también es el apoyo emocional de su esposo, quien sobre el final de la historia ve tambalearse su nuevo emprendimiento con el que planeaba salir de la complicada situación económica familiar. Irene es también una mujer valiente que pone el cuerpo en momentos en los que su familia corre peligro: se enfrenta físicamente al violento marido de su hermana cuando éste llega a su casa a reclamar que lo dejen ver a su hijo y se interpone para evitar que el profesor de balonmano de su hijo, en una actitud miserable, lo agreda por tener que abandonar el equipo debido al viaje. La lucha de Irene por salir adelante adquiere a su vez un acercamiento de tipo social por tratarse de un drama que transcurre en un contexto económicamente apremiante, reflejando la dura realidad en la que está sumergido Brasil en la actualidad, lo que se evidencia en el empobrecimiento de la clase media. Pero hay, en la búsqueda estética del director, una intención por valorar los gratos instantes de la vida en familia, que da lugar a múltiples situaciones de juego y alegría (destaca una escena en la que se produce una invasión de ranas en el jardín de la casa y Rodrigo, el hijo del medio, reposa en la piscina hinchable con los anfibios encima suyo). Gracias al excelente trabajo visual, con predominio de colores saturados y una precisa puesta de cámara, junto con la minimalista pero no carente de sentimiento banda sonora, el filme nos adentra en un mundo íntimo y cotidiano con el que rápidamente nos identificamos. En algún punto, como espectadores nos quedamos con la agradable sensación de estar asistiendo a una narración en la que afloran, en todo su esplendor, los recuerdos familiares del mismo director. Es en esa cercanía que se logra establecer con los personajes en donde reside el valor cinematográfico de un filme que evita regodearse en el sufrimiento, pero no deja de lado las contradicciones y dificultades que tienen lugar en el seno de una familia luchando por subsistir.

Esta reseña fue originalmente publicada en la revista El Antepenúltimo Mohicano en Agosto de 2018.

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