★★★★ (8/10)

“El Angel Exterminador” tiene su origen en un guión de mediometraje escrito por Buñuel y Alcoriza (también co-guionista de “Los Olvidados”) titulado “Los Náufragos de la Calle Providencia”. La trama gira en torno a una cena de la alta burguesía en la que los invitados se niegan a irse, percibiendo con el transcurso del tiempo que algo inexplicable es lo que les impide abandonar la mansión. Si bien Buñuel tenía en mente ambientar la historia en Londres, donde realmente existía una clase alta ampulosa como la que se retrata en la película, la falta de presupuesto obligó a trasladar la filmación a México.

La película tiene prácticamente una sola locación, la casa en la que los invitados comienzan celebrando una refinada cena y en la cual terminan perdiendo sus modales burgueses para convertirse en seres salvajes. Al elegir no centrar el desarrollo del argumento en un solo protagonista, Buñuel logra evidenciar los efectos del encierro mediante la interacción de todos los personajes (se destacan las actuaciones de Silvia Pinal y Enrique Rambal), enfocándose en pequeños cambios de actitudes y valores que suceden, y se acentúan con el correr de los días. En ese sentido, cabe destacar el trabajo de Buñuel con los actores, quienes cuentan que el director los obligaba a untarse el cuerpo con miel y a colocarse tierra encima, para potenciar su incomodidad, lo que luego se percibe en las caracterizaciones.

Con respecto al estilo de la narración, el director aragonés va presentando elementos extraños antes de que el espectador se entere de lo que sucede dentro de la casa y el ambiente realista ceda ante el absurdo. Así es como vemos a los invitados ingresar a la mansión dos veces, o al anfitrión proponiendo un brindis en dos ocasiones. Estas escenas suceden una delante de la otra y tienen ligeras diferencias que juegan con la memoria del espectador, cuestionando la lógica de continuidad en la que se basa el cine narrativo. El estilo surrealista característico de Buñuel se hace presente en varios momentos entre los que se destaca una brillante secuencia onírica en la que una de las mujeres invitadas ve como una mano sale por una puerta y recorre el salón, acechándola.

La película es una reflexión sobre lo que se esconde detrás de las apariencias sociales, y además refleja cómo esas apariencias funcionan como un velo que, al ser descubierto, liberan lo reprimido de la psicología humana. La escena más representativa de este acercamiento tiene lugar cuando, luego de varios días sin poder conseguir comida, los invitados ven como unas ovejas ingresan al salón luego de ser perseguidas por un oso, por lo que deciden armar una fogata con los muebles de la mansión y un cello, para asar a los animales y devorarlos. Esa represión también se evidencia desde el aspecto sexual y, por ese motivo, muchas de las escenas presentan a los personajes en un estado de tensión sexual constante aunque disimulado.

Fiel a su estilo ambivalente, Buñuel no da demasiadas explicaciones sobre la razón que les impide a los invitados retirarse, y en eso reside otro de los aciertos de la película, ya que como espectadores podemos elaborar nuestras propias teorías acerca de lo que sucede dentro de la casa. La crítica hacia las diferencias sociales y a los “buenos” modales como una pantomima clasista está presente, incluyendo el rol que ocupa la religión como “custodia” de la moral, aunque no encierra todo el universo conceptual del director, que excede cualquier interpretación única.

Por Hernán Touzon

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