★★★★ (8/10)

El film de Rupert Julian, basado en la obra homónima de Gastón Leroux, prepara al público para el mayor de los horrores. Sin apresurarse, y haciendo de dicho horror un largo recorrido por las ansias a asustarse, el director vuelve al elemento de género un enigma. El mismo será revelado en un punto bien adentrado de la trama, para que la incertidumbre y la incomodidad ocasionada por el ser que vive en las sombras de la ópera de París sea un constante factor de temor que se desarrolla y aumenta a lo largo del film, incluso sin que Erik (Lon Chaney), el atormentado protagonista, llegue a ser visto en pantalla en gran parte de la historia.

La belleza del relato se encuentra en la forma en que el director se las ingenia para hacer del fantasma de la ópera un ser presente en todo momento sin siquiera verlo. La utilización de sombras y los comunicados que el personaje hace a través de cartas (las cuales logran hermosamente que se integren algunas de las placas de diálogos a la trama sin interrumpirla) son los elementos a usar para que el factor de miedo y curiosidad expectante logre dos cosas: el deseo de lograr ver al villano que atormenta a los artistas de la ópera de Fausto, y que el temor nacido de sus actos se prolongue lo más posible dentro de la bella y terrorífica puesta en escena.

Y es que si el suspenso y los horrores que comete Erik por el amor de la bella cantante Christine (Mary Philbin) mantienen en vilo el interés por la historia, por otro lado son los increíbles diseños de arte los que terminan por completar la experiencia estética resultante. La mayor parte del film transcurre dentro de la casa de ópera de París, pero lejos de volverse monótono o reiterativo, hay una muestra de esfuerzo y logro por hacer de un mismo lugar, una variedad de escenarios imponentes. El teatro y su público, las representaciones llevadas a cabo en él, el detrás de escena y por supuesto, los tétricos túneles por los que vive y se pasea el fantasma, le dan un ambiente constantemente transformador y de una creación de espacios monstruosos que  resultan embriagantes a la vista y que se encuentran en perfecta sintonía con el personaje que da título al film.

Porque más allá del cadavérico rostro que atemoriza a todo aquel que lo vea, Erik posee un espíritu atormentado que detrás de todo horror sigue amando el arte que respira y propaga desde la profundidad de la ópera. Su historia no es una de amor sino de obsesión, no se puede estar de acuerdo con los aberrantes crímenes que comete y el maltrato ocasionado a su amada. Pero así como se puede apreciar el bello terror con que el film habita en sus escenarios, dando contenido al relato y recursos para atemorizar a su público, es como también se logra entender el dolor detrás del horror del desfigurado hombre.

El mundo no puede aceptar a Erik, y él en su locura tampoco puede hacerlo, ni aceptarse a sí mismo. Pero en sus perversas demostraciones de amor, en el don artístico que le brinda a su amada al convertirla en la estrella principal, y sobre todo en la construcción de un arte avasallante y asentado en los profundos cimientos de la oscuridad del corazón humano, personaje y director crean una obra de inmenso valor artístico. Y por más terrorífica que sea verla, quien debe quitarse la máscara del rostro es el público para que, armándose de valor, puedan admirar el poder embriagante de esta obra, mirando al monstruo a la cara para poder apreciar de cerca la bella estética del horror.

Por Nicolás Ponisio

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