Por Hernán Touzón
★★★★ (8/10)


Título original: Der Letzte Mann. Año: 1924. Duración: 90 min. País: Alemania. Dirección: F.W. Murnau. Guion: Carl Mayer. Música: Giuseppe Becce, Florian C. Reithner, Karl-Ernst Sasse, Werner Schmidt-Boelcke. Fotografía: Karl Freund.  Reparto: Emil Jannings, Maly Delschaft, Max Hiller, Emilie Kurz, Hans Unterkircher, Olaf Storm, Hermann Vallentin, Georg John, Emmy Wyda. Productora: UFA.


Murnau, uno de los más reconocidos cineastas del expresionismo alemán, es una figura clave para entender el proceso de consolidación del lenguaje cinematográfico en su aspecto técnico. En “Der Letzte Mann” asistimos a una liberación de la cámara, que pasa de un punto de vista estático a otro dinámico, donde tienen lugar travellings, movimientos pendulares, variaciones de altura y subjetivas, logrando escenas de gran impacto visual. Murnau aprovecha estas posibilidades a su favor para retratar el mundo interior del protagonista (Emil Jannings), un portero de un lujoso hotel que es la envidia de sus vecinos y cuya vida gira en torno a su trabajo y al status social que le otorga el uniforme.

Mediante la exageración, uno de los rasgos característicos de la estética expresionista, el director logra evidenciar la angustia del protagonista al enterarse que ya no será portero sino personal de limpieza del mismo hotel. La desorientación que siente el personaje lo acerca a la locura, expresándose en imágenes deformadas que representan las fantasías de un alma en decadencia. En una secuencia extremadamente evocativa desde lo visual, el protagonista cobra poderes físicos inhumanos y es arengado por los huéspedes del hotel mientras realiza malabares con una valija. En otra escena en la que el personaje es incapaz de acercarse a la puerta del hotel, las paredes del edificio caen encima suyo, evidenciando sus miedos más profundos.

La película puede leerse como una crítica al sistema de valores de la sociedad occidental, en donde lo importante no es la esencia de una persona sino su utilidad en el mundo laboral. La perdida del puesto de trabajo representa la perdida de la dignidad. Por ese motivo, las burlas de los vecinos son dagas que atraviesan el pecho del personaje, incapaz de hacer frente al desprecio de su entorno social, llevándolo a un espiral de locura y desesperación. El traje de portero, además de significar poder y autoridad, le otorga al protagonista una función en el entramado social, una razón de ser. Murnau le da a este elemento una importancia crucial en el desarrollo del argumento, en donde el personaje irá en busca de su atuendo con el objetivo inconsciente de recuperar su cordura.

Gran parte de la singularidad estética y maestría técnica del filme se debe al trabajo visual del director de fotografía Karl Freund, recordado por su labor en Metropolis (1927) y posteriormente en Hollywood. Pero además, el gran acierto de “Der Letzte Mann” es que no recurre a intertítulos prácticamente en ningún momento, volcando la función narrativa y simbólica en el juego entre imágenes y música, logrando un contrapunto muy original y avanzado para la época. La influencia de Murnau en el cine es incalculable, siendo su trágica y prematura muerte, una perdida para el mundo cinematográfico y artístico.

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