Por Hernán Touzón


Título original: La tortue rouge. Año: 2016. Duración: 80 min. País: Francia. Dirección: Michael Dudok de Wit. Guion: Michael Dudok de Wit, Pascale Ferran. Música: Laurent Perez del Mar. Productora: Why Not Pro / Wild Bunch / Studio Ghibli.


Las películas de la actualidad se caracterizan por cierta estandarización en las formas de producción. Si bien es cierto que el cine nace como un entretenimiento al que las masas podían asistir sin necesidad de contar con un bagaje cultural amplio, a lo largo de su historia hemos sido testigos de las posibilidades estéticas que dicho medio tiene para ofrecer. En la era de Netflix y diversos servicios “on demand” pareciera ser que lo inmediato le está ganando la pulseada al riesgo creativo, a la búsqueda de nuevos horizontes narrativos. Por eso sorprende encontrarse con una película como “La Tortuga Roja”, que se caracteriza por un estilo minimalista que nos sumerge en un universo en el que conviven el hombre y la naturaleza. Un mundo en el que los diálogos han sido suprimidos y reemplazados por sonidos puros como el del viento, la lluvia, el mar y los árboles.

La premisa de un náufrago que debe sobrevivir en una isla desierta ya la hemos visto en repetidas ocasiones. Pero en este caso, el director opta por eliminar cualquier elemento explicativo y logra captar nuestro interés mediante acciones sencillas. De esta manera, conocemos lo mínimo e indispensable del protagonista, cuyos rasgos físicos remiten tanto a Robinson Crusoe como a Jesucristo y que, para sobrevivir al aislamiento tropical, deberá construir una balsa y adentrarse en el océano. Pero sus intentos son boicoteados una y otra vez por una extraña criatura que golpea su balsa, destruyéndola en cada ocasión. En su último intento antes de caer en la desesperación, el protagonista se enfrenta cara a cara con este ser misterioso, una tortuga roja que lo mira fijamente y lo desafía a mantener su templanza. Allí comenzamos a percibir que esa supuesta violencia ejercida por la tortuga tiene una finalidad un poco más elevada de la que imaginábamos y que detrás de sus acciones se esconde una enseñanza, el elemento clave para entender los cambios en la vida del naufrago.

Es a partir de este evento que la vida del protagonista da un giro, el cual lo posiciona en una nueva realidad. Luego de una misteriosa transformación, la tortuga es ahora una bella mujer pelirroja y las intenciones del protagonista de abandonar la isla ceden a la necesidad de construir un hogar permanente para su nueva familia, a la que se suma un niño. La familia debe sobrevivir a las inclemencias climáticas, incluyendo la llegada de un poderoso tsunami que amenaza con destruir la armonía lograda entre el hombre y su entorno.

La película alterna escenas diurnas y nocturnas, evidenciando cómo el tiempo es una variable que no podemos controlar, aunque sí interpretar y darle un sentido. Esa preocupación por expresar visualmente el paso del tiempo se encuentra directamente relacionada con el tema de la película: la imposibilidad de ir en contra de los ciclos vitales de la naturaleza, del cual el individuo es solo una parte. Es allí donde podemos rastrear una mirada fuertemente influenciada por la filosofía oriental (y claramente ligada al resto de las producciones de Studio Ghibli, co-productora de la película), contra el utilitarismo de Occidente, en donde el hombre intenta controlar  y dominar la naturaleza mediante el uso de la fuerza y la racionalidad. A nivel genérico, el director logra combinar fantasía, drama y aventura en un relato que se extiende prácticamente a lo largo de toda una vida. En el arco de transformación del personaje principal existe una lucha constante por manipular y a la vez entender el mundo que lo rodea, habitado por simpáticos cangrejos, pacíficas tortugas y un sinfín de criaturas que han logrado armonizar con su entorno y de las que el hombre tiene mucho que aprender.

La ópera prima de Dudok de Wit no hace más que evidenciar las posibilidades narrativas del medio visual y sonoro puro, a la vez que se puede leer como una fábula sobre la adaptación del hombre a la naturaleza, superando barreras de edad y cultura. Al igual que el protagonista y su familia en la isla, nosotros tampoco hemos elegido ni el lugar ni el tiempo en el que nos ha tocado vivir. La misión de la tortuga roja es ser una fuente de sabiduría que puede ayudarnos a completar nuestro ciclo vital para finalmente aceptar quienes somos y de dónde venimos.

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