Por Hernán Touzón
★★★★½ (9/10)


Título original: Taxi Driver. Año: 1976. Duración: 113 min. País: Estados Unidos. Dirección: Martin Scorsese. Guion: Paul Schrader. Música: Bernard Herrmann. Fotografía: Michael Chapman. Reparto: Robert De Niro, Cybill Shepherd, Jodie Foster, Albert Brooks, Harvey Keitel, Peter Boyle, Leonard Harris, Martin Scorsese, Joe Spinell. Productora: Columbia Pictures


Taxi Driver es un drama existencial que nos lleva al corazón de la violencia y la soledad. Resulta, tanto la película consagratoria de Robert De Niro, como la última gran composición musical para cine de Bernard Hermann (un director de orquesta que trabajó con Welles, Hitchcock, De Palma y una larga lista de directores fundamentales). A su vez, confirma la destreza de Scorsese para sumergirnos en el mundo del crimen urbano, en el cual ya había incursionado con Mean Streets.

Travis Bickle es la expresión más contundente de la alienación del hombre moderno. Merodea por la ciudad sin un objetivo más que el de pasar el tiempo y se presenta en la oficina de taxis para trabajar por las noches porque no puede dormir. La soledad del protagonista se refuerza con el leitmotiv de Hermann y las crudas imágenes de Nueva York, la ciudad que nunca duerme. En su diario personal, Travis se autodenomina el hombre solitario de Dios. Por la noche, en su taxi, recorre las calles mientras su hastío se exterioriza en su visión pesimista de la sociedad y en su fijación con la idea de limpiar la ciudad de la escoria, incluyendo prostitutas, dealers, proxenetas y drogadictos. Este submundo, del cual Travis aún no siendo consciente forma parte, se contrapone al mundo de la pureza que el protagonista encuentra en Betsy (Cybill Shepherd), su objeto de deseo.

Luego de que Travis invita a Betsy a una cita y la trama parece perfilarse hacia el lado romántico, tiene lugar una escena memorable en la que Betsy se da cuenta que están por entrar a un cine porno. Travis, con total liviandad, le dice que muchas parejas pasan el tiempo allí, connotando normalidad. Cuando Betsy abandona el cine y Travis la sigue sin entender, comenzamos a notar que hay algo raro y siniestro sucediendo dentro suyo. Aún no sabiendo exactamente de qué se trata podemos inferir que hay algo que tarde o temprano saldrá a la superficie. Este elemento lentamente va emergiendo como la expresión misma de la violencia, una ira contenida que probablemente tenga su origen en el pasado de Travis como combatiente en la guerra de Vietnam. Esta violencia, que en determinado momento pasa de las palabras a las acciones luego de que el protagonista compra armas, es la expresión misma de la personalidad de Travis y funciona también como crítica social a un sistema en el que la política es ineficiente para resolver los problemas que aquejan a los individuos. De ahí la reiteración por parte del guionista (Paul Schrader) de discursos y slogans vacíos de significado por parte de los candidatos a cargos políticos de la ciudad. Es ese mismo vaciamiento de sentido que Travis siente dentro suyo y que Scorsese refleja con las luces difuminadas de la ciudad y las imágenes borrosas del cine porno.

Pero el argumento posee un giro inesperado. Si la idea de Travis es asesinar a un candidato a presidente (blanco de los males que el protagonista ve en la sociedad) y luego suicidarse, un error de cálculo en su plan hace que no pueda cometer el atentado. Esto lo lleva a querer salvar a Iris (Jodie Foster), una chica de 12 años que es mantenida cautiva por un proxeneta (Harvey Keitel) y obligada a prostituirse en las calles. La violencia en los medios se contrapone a la bondad en los fines cuando Travis asesina a varias personas en las inmediaciones del cuarto de hotel en el que Iris trabaja para salvarla. Este evento finalmente resulta en un acto heroico por el que Travis parece ser aceptado socialmente. Pero al final persiste la duda acerca del futuro del protagonista, que pierde de vista a Betsy mientras su taxi se aleja y las vistas borrosas de la ciudad vuelven a cobrar protagonismo, a la vez que la banda sonora permanece en nuestra cabeza.

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