★★★★ (8/10)

Antes de que la industria reiterara la fórmula de The Sixth Sense con un sinfín de films similares, y mucho antes de que M. Night Shyamalan se convirtiera en un artista en desgracia, el tercer largometraje del cineasta de origen hindú se posicionaba como una sorpresa innovadora. Pero, escapando al mero terror, al suspenso y los giros finales, lo que lo vuelve aún más llamativo, y por ende más rico en contenido, es su cadencia armoniosa y el carácter íntimo nacido de ella para lograr una cercana conexión con el relato y sus personajes.

Aquí quienes importan son los personajes. Por un lado el doctor Malcolm Crowe (Bruce Willis), un psicoanalista que se encuentra dividido entre recuperar el amor de su mujer Anna (Olivia Williams) y en ayudar a un niño y con ello poder redimir culpas pasadas.  Por el otro el niño en cuestión, Cole (Haley Joel Osment), quien lidia entre el divorcio de sus padres y el temor surgido por las visiones de gente muerte que lo acechan constantemente. Shyamalan le da su lugar de importancia al elemento sobrenatural, el cual se lleva soberbios momentos de tensión, pero lo enlaza sutilmente con el conflicto interior de los personajes, logrando que el drama y el suspenso funcionen a la par, sin que uno desdibuje o haga a un lado al otro.

El film se encuentra fuertemente sostenido por la relación entre el niño y el terapeuta, dando pequeños pasos narrativamente para construir la conexión entre ambos y la empatía del espectador de igual manera que Malcolm se gana paso a paso la confianza de Cole. Ambos personajes están fuertemente dañados y el director transmite a la perfección su necesidad de ayuda y cómo uno acompaña y fortalece al otro, dándole así forma a una cálida y tierna historia de amistad.

Se puede acusar al film de ser algo tramposo o de que una vez conocidos sus secretos y sus sorpresivos giros no sobrevive a ser visto nuevamente. Pero lo cierto es que si se logra forjar un vínculo con el drama de sus personajes, sus miedos y dolencias, el factor sobrenatural y su golpe de efecto no importa tanto. El shock final quizás no sobrevive, Bruce Willis definitivamente no sobrevive, pero sí lo hace la hermosa conexión emocional que se vuelve palpable en la construcción de sus personajes.

Los diálogos entre Cole y Malcolm y la comprensión que se dan el uno al otro brindan un cariño tal que supone una caricia al estar inmerso en la historia y sus imágenes. La relación entre Cole y su madre Lynn (Toni Collette) rebosa de momentos dulces y agrios, dimensionando el conflicto de un hogar roto y el amor inmenso de esta madre por su hijo. Cada momento compartido juntos está allí para entenderlos, para quererlos. Como lo demuestra un abrazo entre lágrimas, una liberadora correría por el estacionamiento de un supermercado o la que tal vez sea la escena más emotiva de todo el film donde finalmente madre e hijo se comprenden el uno al otro.

Gracias a dichos momentos, y al tono serio y conmovedor que respeta a sus personajes, es que el film termina siendo más grande que los tonos inquietantes que posee y que las sutiles trampas que emplea para engañar a su espectador. El director ofrece mucho más que eso y uno entendiéndolo puede abrazar todo lo que le es brindado. El personaje de Cole ve gente muerta, pero gracias a este film se puede ver y sentir mucho más gracias a la calidez del relato y sus bellos personajes. El conjunto de todo ello es lo que hace que The Sixth Sense, al día de hoy, siga más que vivo.

Por Nicolás Ponisio

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