Por Hernán Touzón

El niño es una película cuyo motor son los personajes. Seguimos a Bruno (Jérémie Renier) por la ciudad y la trama avanza siguiendo sus pasos. La mano de los Dardenne es un elemento visible, casi una marca registrada y una declaración de principios acerca de lo que debe ser el cine. Al igual que en su anterior largometraje (El hijo, 2002 ) o que en una de sus últimas películas (Dos días, una noche, 2014), no podemos despegarnos del personaje principal, la acción nunca se detiene y la cámara nos mantiene expectantes acerca de lo que sucederá.

Bruno es padre, pero no le importa su hijo Jimmy, a quien ni siquiera trata, solo lo usa en distintos momentos para su propio beneficio. Sonia (Déborah François), en cambio, está unida emocionalmente a Jimmy e intenta salir adelante. El elemento transgresor con el que juegan los directores es el de la empatía con un personaje que comete actos inmorales. Bruno es un outsider. Al verlo por primera vez ya nos podemos imaginar incluso su pasado. Steve (Jérémie Segard), un adolescente que ayuda a Bruno en pequeños robos y a quien luego de un robo fallido, Bruno abandona, es un espejo en el que podemos ver al mismo Bruno.

¿De qué forma sucede, entonces, esta cercanía entre el espectador y un personaje que a la mitad de la película vende a su hijo para sacar una ganancia monetaria? Es probable que el elemento reparador tenga que ver con el amor que siente Bruno hacia Sonia. Vemos a los personajes, perdidos en una realidad que les resulta ajena, sufriendo y manteniéndose al límite del abismo y queremos que la pareja salga adelante. Le perdonamos a Bruno sus acciones porque luego se retracta e intenta arreglar las cosas. Esa tensión nos mantiene ligados emocionalmente a Bruno y la historia.

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