#901. Underground (Emir Kusturica, 1995)

★★★★½ (9/10)

MSDUNDE EC005

“Érase una vez una tierra…” así es como a veces comienzan las mejores historias, pero en el caso del film de Kusturica es la forma en que su historia encuentra un cierre que no es tal. Es la forma en que las alegrías, los odios, las mentiras y verdades de toda una cultura se perpetúan eternamente mucho tiempo después de que esa tierra como tal ha dejado de existir. Las raíces, la sangre del director como persona y artista, se encuentran presentes a cada momento en una obra cargada de excesos que se permite así misma reír y llorar del triste chiste que es la vida… pero también celebrarlo como tal.

Abarcando la historia de Yugoslavia desde la Segunda Guerra Mundial hasta la Guerra de los Balcanes, el film realiza un retrato satírico de la debacle del país repleto de color y amargura, como solo su aspecto tragicómico puede ofrecer. A través de Marko (Pedrag “Miki” Manojlovic) y Crni (Lazar Ristovski), dos amigos partidarios del socialismo serbio, se realiza una caricaturización de las fiestas, las tragedias, el amor y el odio dentro del contexto político que se ve deformado de la misma manera que las situaciones vividas por los personajes. El mismo criterio de deformación de la realidad es el utilizado por Marko para crear la mayor mentira al fingir que es un revolucionario.

Marko tan solo es un traficante de armas que saca provecho de su negocio al engañar a Crni y su familia para que vivan bajo tierra, haciéndoles creer que los alemanes están al poder cuando en realidad la guerra ya ha terminado hace veinte años. Todos los engaños y conflictos son banalizados al darse por el mero capricho de dos amigos que desean a la misma mujer, Natalija (Mirjana Jokovic). Es así que el trío protagónico se ve unido permitiendo que todo lo que los rodea sea un total absurdo que no hace más que, a través del delirio actoral, sacar a la luz el sinsentido del horror de toda sociedad.

El humor absurdo del cual está plagado el film es la verdad contada a través de la sátira, el chiste que busca la carcajada devela la tragedia tras de sí. Kusturica entiende ello con cada simbolismo que integra en esa realidad deformada, un poco por la caricatura y otro por los hechos más allá de la ficción. El cinismo del cual hace uso constantemente no elude la verdad humana de los engañados y los que engañan, víctimas y victimarios que a lo largo del film permiten recordar de forma conmovedora la vieja Yugoslavia. Una tierra dividida que se aleja más y más pero que, gracias al director, aún existe siempre que resuene en uno la música balcánica que hace danzar frenéticamente las tragedias y alegrías de la vida.

Por Nicolás Ponisio

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