#612. Network (Sidney Lumet, 1976)

★★★★½ (9/10)

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“Estamos furiosos y no vamos a aguantarlo más”. La frase, exclamada a los gritos por el conductor Howard Beale (Peter Finch) y su audiencia, es la desesperación y el pedido de acción que toda sociedad necesita para oponerse a los poderosos. Tan necesario, dentro y fuera de la ficción, como lo es el film de Sidney Lumet. Probablemente una de las obras más importantes de la historia del cine gracias a la feroz crítica que realiza contra la industria televisiva y la dictadura de los medios. Ese grito enajenado convertido luego en slogan comercial resume a la perfección el poder dominante que posee la televisión sobre las pobres marionetas que la consumen día a día.

El director logra construir su film alrededor de la figura de Beale, un reconocido conductor de noticiero que, al ver que será despedido, anuncia por televisión que se suicidará en vivo y en directo. Con dicha premisa, el film edifica su estructura con la indiferencia y lo inescrupuloso de un medio que se rige en base a los niveles de audiencia. La línea del rating es la vara que limita el alcance al que pueden llegar los ejecutivos de una cadena. Mientras sea rentable, no importa qué tan escabroso o amoral el contenido sea. Una mirada del tiempo actual en el contexto de su época, y que con el correr de los años se agrava más y más.

Beale, por años vocero del mal en la forma de un informativo, enloquece llegando a hacerse oír con la verdad que expone a los medios y su sociedad. Su figura, en manos de los desalmados titiriteros como lo son el ejecutivo de la cadena Frank Hackett (Robert Duvall) y la jefa de programación Diana Christensen (Faye Dunaway), pasa de ser un factor negativo para el canal a convertirse en una herramienta más con la cual adquirir mayores números y ganancias. El mensaje es el mismo pero su utilización mediática lo tergiversa en pos del consumismo. Lo mismo ocurre con el uso de verdaderos grupos militantes donde sus actos de violencia se convierten en el reality de la semana. El film expone a la industria televisiva como el arma nociva que es envuelta en el envase falso de una democracia inexistente.

La deshumanización de aquellos que forjan el imperio televisivo, se ve también reflejada en la personalidad de Diana al relacionarse románticamente con el ex productor y amigo de Beale, Max Schumacher (William Holden). Una relación ligada en todo momento a conversaciones acerca del ámbito laboral y una muestra de la impunidad del control que maneja el medio sobre los espectadores y sobre ella misma. Como si de nosotros se tratase, Max es el único que sabe separarse del resto del mundo aturdido por los rayos catódicos, así sea incluso perdiendo a su familia y su amigo. Él es quien tiene la opción de alejarse de ello y hacer algo por sí mismo, al igual que uno como espectador la tiene al tomar conciencia de la monstruosidad expuesta en el film y que en realidad es testigo de ella constantemente.

El grito del conductor a su público y el falso desmayo con el que finaliza rutinariamente el monólogo inicial de su show, es la burla definitiva del medio hacia la gente que domina. Hacia las personas que precisan de ese grito, de un despertar contra los dueños del mundo antes de colapsar. Lumet advertía todo ello a finales de los setenta y hoy, cuarenta años más tarde, lo sigue haciendo siempre que haya alguien que reciba y entienda la importancia apremiante de sus palabras a través del film. Eso si es que, aún recibiendo su discurso, ya no nos hemos tergiversado a nosotros mismos.

Por Nicolás Ponisio

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