#658. Nosferatu: Phantom der Nacht / Nosferatu: Phantom of the Night (Werner Herzog, 1979)

★★½ (5/10)

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La Nosferatu de Herzog, en su forma y desarrollo, sufre de dos aspectos de los que, en su ejecución fílmica, nunca logra recuperarse. Uno de ellos es la inevitable comparación con la obra de Murnau, demostrando que posee un nivel artístico que se halla muy por debajo del nivel del film de 1922. El otro, tiene que ver con la frialdad con la que dispone de los elementos narrativos e interpretativos dentro de la escena, la cual quita del campo visual toda incomodidad y oscuridad nacida de la presencia del vampiro.

Mientras que lo que cuenta presenta un calco menos logrado de las situaciones que ya se veían en el film predecesor, el de Herzog se posiciona como adaptación directa también de la novela de Bram Stoker al conservar los nombres originales de los personajes. Tanto como remake cinematográfica como adaptación literaria, el total de la historia en manos del director alemán carece de la poética y el horror del que precisa la figura de Drácula (Klaus Kinski). Un ser aquí representado con una imagen de pesadilla pero que no produce horror alguno.

Sí logra un poder visual en lo que tiene que ver con la composición de planos en terrenos naturales, los paisajes que rodean Transilvania y a la ciudad de Wismar e incluso una bien captada desolación una vez que la peste invade las calles con un sinfín de ratas como las nuevas habitantes. Sin embargo, la historia precisa de una teatralidad con la que no cuenta, allí es donde el sentimiento de las líneas de diálogo se pierde en la voz de unas actuaciones que parecieran no comprender del todo la historia, ni sus personajes. El calvario vivido por Jonathar y Lucy Harker (Bruno Ganz e Isabelle Adjani) nunca goza de la profundidad necesaria ya que en sus palabras muere toda intención.

Así como la invasión de ratas arremete con todo a su paso, y dejando la nada absoluta detrás de sí, el film pareciera hacer lo mismo con la historia de Drácula. La despoja de todo elemento propio, de cualquier sentimiento nacido de la experiencia de verla, y la vuelve un referente de cinematografía muerta. Y para ello no hay estaca al corazón para darle fin. Desafortunadamente.

Por Nicolás Ponisio

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