#704. The King of Comedy (Martin Scorsese, 1983)

★★★★ (8/10)

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El gran comediante de este film no es ni Rupert Pupkin, el insistente fanático con aires de grandeza humorística que interpreta Robert De Niro; ni Jerry Langford, el exitoso humorista que poco se diferencia del verdadero Jerry Lewis que lo personifica. El comediante, el showman de esta grandeza fílmica no es otro más que Martin Scorsese. Con The King of Comedy, uno de sus tres mejores filmes de su extensa carrera y tal vez uno de los menos recordados, Scorsese invierte los roles de género basándose en la fuerte presencia de sus protagonistas. Ambas estrellas interactuando como fuerza de choque en las pieles de sus opuestos.

El film se sostiene con un juegos de idas y vueltas entre la realidad y la ficción, sensación acrecentada por la utilización de personalidades haciendo de sí mismas y las fantasías de Rupert que lo representan como una estrella exitosa. Así como los intentos del obsesionado fanático producen una serie de encuentros y desencuentros cada vez más incómodos, el film realiza lo mismo aportando una luz de verdad acerca del show del espectáculo y del lugar en que estos personajes, pertenecientes a estratos sociales distintos, ocupan en el mundo.

Es así como el drama y el humor marcan el tono de la historia, pero intercambiando sus lugares en los roles protagónicos. Por lo tanto, Jerry Langford, comediante interpretado por un comediante, representa desde el humor la maldición de la fama. Allí lo vemos a la salida de su programa, invadido por una horda de fans o caminando por la calle dando autógrafos. Fanatismo que se convierte rápidamente en odio cuando sus seguidores se encuentran con una negativa o imposibilidad de llegar a él. Una comicidad trágica que escapa a la forma clásica y expone la amargura de esa realidad tangible.

Por otro lado, el personaje de Rupert es  también construido a través de la perfección tonal de ambos géneros, pero optando por la burla acerca de su desdichada y obsesionada vida hasta que esta se desaparece dentro del plano hasta adquirir un fuerte contenido de incomodidad. El factor trágico que nivela la risa junto a la angustia, de forma sutil y elegante como lo representa ese plano de espaldas de Rupert saludando un mural fotográfico del público que lo celebra con vítores en su mente.

La idea de tomar a un reconocido humorista, que comparte no solo el nombre de pila con su personaje sino también las iniciales J.L., y a su obsesiva audiencia para representar la oscuridad tragicómica detrás de las bambalinas, que de cara al mundo ofrece talento y la luminosidad de las luces de neón. No por nada el verdadero circo cómico se ejemplifica en una escena con las discusiones de un grupo de ejecutivos del canal y el FBI a la hora de hacerse cargo de una situación de secuestro.

La criminalidad de los actos llevados a cabo por Rupert y su cómplice Masha (Sandra Bernhard) funcionan como un fuerte alegato que golpea a la misma industria que pertenece. Es por ello que Scorsese como director, fuera y dentro de la ficción, es el gran comediante criminal que se abre paso en la industria para atacarla por dentro. Scorsese es Pagliacci, el payaso que unifica la irónica tragedia, ganándose las risas y los aplausos del horror detrás del show al exponerlo al mundo.

Por Nicolás Ponisio

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