#955. Fight Club (David Fincher, 1999)

★★★★½ (9/10)

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El club de la pelea que da nombre al film encuentra su lugar como liberación de sujetos que precisan de la salvaje violencia para hacer catarsis. Pero también podría tratarse simplemente de una descripción literal de lo que es la experiencia y el resultado que transforma a quien lo ve. El film de David Fincher, basado en la novela homónima de Chuck Palahniuk, es un golpe tras otro de nuestro lugar como sociedad y un sinfín de golpes y moretones hacia nosotros mismos. Los pobres sujetos que se encuentran en el medio de seguir como personas psicológicamente alteradas, como resultado de nuestro mundo, o despertar de ello y hacer lugar al cambio.

Causa de que el film resuena tan ferozmente en uno, se debe claramente a la unión entre la adaptación a guión de la novela, en el cual la voz de Palahniuk persiste en cada concepto cambiado o no, y la crudeza con la cual el director la convierte en poderosas imágenes. Y es que el film, en todo su desarrollo, conforma una mirada crítica en la cual habla con total sinceridad directamente al espectador. Incluso, para que no haya lugar a dudas, literalmente lo hace mientras resuenan las palabras de Tyler Durden (Brad Pitt) al decir: “Somos la mierda cantante y danzante del mundo”. Acto seguido, el efecto de estas palabras desestabilizan al film, destruyendo así el celuloide. El poderío total de mensaje e imagen.

Fight Club es de esos raros casos en los que, al poseer un importante punto de giro en su tercer acto, un film continúa adquiriendo importancia y más niveles de lecturas con cada nuevo visionado, evitando que el mismo pierda fuerza o se arruine ya uno conociendo el truco. Tyler Durden y el narrador (Edward Norton) pueden ser la misma persona, revelación con la que uno se queda al verla por primera vez, pero es aún más revelador y relevante toda la implicancia detrás de la esquizofrenia sufrida por el protagonista.

Ambas personalidades son producto de algo mucho más grande. El personaje de Norton es una las muchas víctimas de la sociedad de consumo y el lavaje cerebral propuesto por ésta. Y a la vez, Tyler es producto de ese estado alterado de la mente, la gran víctima del día a día. La presencia y el carisma de Tyler en pantalla crean un instantáneo cariño por el personaje, un importante deseo de lo que no se es y, por último, una enseñanza constante para abrir los ojos.

La violencia del club convertida en completo anarquismo y el desate de locura, muerte y destrucción que obtiene como resultado es el otro extremo que el film plantea. Tanto nos depositemos empáticamente en los zapatos del personaje de Norton o en los del de Pitt, ambos son elementos que terminan siendo nocivos para el mundo y para ellos mismos. La violencia y locura extrema, mostrada sin temor de enfermar de forma visceral al espectador, es solo una muestra de la contaminación mental en la uno se encuentra viviendo constantemente.

Y si bien, dejando de lado los extremos, el abrir de ojos que le plantea Tyler a su verdadero yo es un llamado optimista de poder actuar en pos de un cambio, lo cierto es que como espectadores y miembros de la sociedad el mayor porcentaje es ese oficinista con problemas de insomnio. Después de todo, la obra de Fincher y Palahniuk está allí para aquel que la quiera ver, leer y de esa forma explorar esa catarsis sin tener que recurrir desesperadamente a ningún club de la pelea.

Por Nicolás Ponisio

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