#683. Blade Runner (Ridley Scott, 1982)

★★★★ (8/10)

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Si Ridley Scott con Alien (1979), supo reinventar el género de ciencia ficción y ponerlo en conjunción con el de horror, tres años después volvería a tirar por la borda todo lo establecido. Con Blade Runner la ciencia ficción se reescribió a sí misma una vez más, ahora depositando sus pies en el terreno del film noir. El director británico continúa demostrando el artesano de géneros que es, tomando elementos preconcebidos y tan disímiles entre sí. Reestructurándolos para volverlos nuevos, de una manera tan embriagante como lo es dentro de su notable puesta visual.

Y para lograrlo se aleja en grandes proporciones del material original del relato de Philip K. Dick, manteniendo la profundidad filosófica del autor pero transformando el lenguaje literario en puro deleite cinematográfico. Los arquetipos del “héroe” y la misión a cumplir por parte de Rick Deckard (Harrison Ford), no escapan de lo estereotipado y lo ya conocido en demasía. Pero es la manera en que esos elementos típicamente acartonados se encuentran dispuestos dentro de ese futuro distópico -real al extremo gracias a la artesanía de su construcción-, lo que hace valer la pena la inmersión en ese mundo derruido, cada vez más próximo a la realidad de nuestro presente.

Si bien hay cierto desbalance entre lo que puede aportar el protagonista, tanto por su construcción nacida del guión como por el limitado poder de interpretación del actor, se encuentra lejos de arruinar el conjunto de la obra. Le ofrece un mayor lugar de ser apreciados los elementos que volvieron a Blade Runner el clásico indiscutible que es hasta la fecha. Y justamente, el mayor acierto reside en el hecho de que, por más que como espectadores sigamos los pasos de Deckard, el verdadero punto de protagonismo y fuente de empatía se halla en Roy Batty (Rutger Hauer), el erróneamente denominado “villano”.

A fin de cuentas no importa realmente, o mejor dicho no interesa, lo que ocurre en el interior de Deckard. Si es o no un replicante. Importa esa necesidad inherentemente humana de vivir. El temor a la muerta representado a través de un ser cibernético. Se puede obviar por completo el hecho de que se trata de seres sintéticos y verlos como lo que predomina en su interior. La naturaleza humana tal como la percibimos. Estos seres que están llegando al final de su vida (poseen solo una duración de cuatro años), se aferran a la necesidad de prolongar ese tiempo. Hay una igualdad absoluta entre el humano y el replicante, porque a fin de cuentas son lo mismo. Un ser sensible que puede apreciar la vida, el arte, sentir miedo y amor. Es el punto de conexión máxima que se puede tener con él porque nos hallamos en su piel.

Ese punto de unión que logra Scott, olvidando las barreras impuestas por los elementos puramente de género, es de una sensibilidad artística tan grande como la que Roy tiene por la vida misma. Y ese es un regalo inmenso que el realizador nos ofrece. La oportunidad de dejarnos perplejos ante ello -ocupando el lugar de esa mirada, embargada por el asombro, con la que inicia el film-, sin lugar para el olvido ante semejante experiencia visual (y de vida). Una que perdurará,  imposible de perderse en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es tiempo de terminar esta nota.

Por Nicolás Ponisio

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