#1014. RoboCop (Paul Verhoeven, 1987)

★★★★ (8/10)

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El neerlandés Paul Verhoeven plagó su carrera cinematográfica con contenidos críticos, contestatarios en un espacio siempre igual de incómodo como reflejo social, así como también de puro placer cinematográfico. En RoboCop, uno de sus films más recordados y todo un clásico de culto, la ciencia ficción le sirve como ambiente ideal para un balance entre el cine de género más salvaje y la inteligencia para meter el dedo en la llaga en una cultura que conoce y que a la vez le es ajena.

El film se embebe de ese subgénero perteneciente a la ciencia ficción que es el steampunk. Un futuro distópico donde el caos, la suciedad, la violencia y la corrupción son moneda corriente. En síntesis, nada muy alejado de la realidad pero llevado a extremos que funcionan como elementos  que remarcan su poder crítico. El director se centra en la figura del oficial de policía Alex Murphy (Peter Weller), en su antes y después de ser masacrado y convertido en el cibernético RoboCop. Todo ello siempre en el plano de la exageración pero sin perder dentro de ella el realismo social.

RoboCop, desde su creación, es la representación del poder político y policial sin límites. La fuerza represora con un poder irrefrenable de hacer y deshacer (sobre todo cuerpos en pedazos) a su antojo. El personaje al mismo tiempo representa todo lo opuesto a ello cuando se para desde el lado de la razón y la humanidad. Lo que conserva como atisbos de su vida pasada y búsqueda de respetar la ley en buenos términos lo conducen en parte a la liberación de los delincuentes que manejan el poder desde la corporación OCP. Los villanos en este mundo, o sea el nuestro, son los empresarios.

Si bien la figura del villano principal se puede atribuir a Dick Jones (Ronny Cox), vicepresidente de OCP, el film se encarga de desplegar por toda esa derruida Detroit una serie de malhechores y figuras nocivas como lo son los criminales liderados por Clarence Boddicker (Kurtwood Smith) o los medios periodísticos y el lavaje cerebral televisivo. Todo manejado con un pulso entre la violencia y el humor que hace que estos mismos elementos, que a simple vista parecen no ser más que entretenimiento banal, refuercen sus ideas con el golpe y efecto que acomete al espectador.

El director narra este mundo descontrolado construyéndolo con sutil manejo del espacio, incluso todo puede verse resumido en una escena en la cual el caos reina en la calle entre tiros y gritos y alguien tira abajo el escaparate de un local para subir el volumen del televisor en vidriera. Algo así como quien sube de más el volumen para acallar a alguien que habla en voz muy alta. Se naturaliza la violencia con un gesto completamente cotidiano. La representación de ello con el manejo de la inteligencia y los extremos de su director.

Es RoboCop, o más bien la parte de Murphy que aún se aferra a él, quien como fuerza de autoridad se vuelve contra sus propios creadores, ajusticiando al mal desde la torre que gobierna. Y lo hace desde los aspectos de la acción más pura y clásica. Un disfrute de principio a fin que se acrecienta todavía más gracias a su contenido y visión de mundo. Verhoeven ejecuta todo ello en conjunto y reafirma su identidad cinematográfica al igual que lo hace Murphy más allá de los circuitos y el metal que lo rodean. Porque lo que sobrevive es la mente y los ideales de ésta. En Murphy y, por supuesto, en el film de Verhoeven.

Por Nicolás Ponisio

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