#OFF TOPIC. Alien: Covenant (Ridley Scott, 2017)

★★★★ (8/10)

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“Mi nombre es Ozymandias, rey de reyes:
¡Contemplad mis obras, poderosos, y desesperad!”

A un tiempo distante nos encontramos hoy día del film Alien de 1979, tan distante como en su época lo habrá sido el futuro espacial que presentaba a los integrantes de la nave espacial Nostromo. Sin importar el tiempo transcurrido, el primer film de Ridley Scott en tierras yanquis sigue siendo una obra de arte inmensa que no envejece, única e inmortal.

Casi 40 años después, o 40 años antes si seguimos la línea cronológica de la narración, ese film de Scott encuentra un lazo sanguíneo con el androide David (Michael Fassbender). Autonombrado así por el David de Miguel Ángel, el ser sintético presentado anteriormente en la precuela Prometheus y que también protagoniza el nuevo film, es el elemento que reboza tanto dentro como por fuera de la diégesis del relato esa perfección que lo hace único a él y por lo tanto al film.

Alien: Covenant, por más de lo que sugiere su título, es más una secuela directa del film de 2012 que una precuela del clásico indiscutido de 1979. Manteniendo un balance entre la temática filosófica de Prometheus y el horror más descarnado que por momentos se asemeja al film original y por otros al de la secuela de James Cameron, Covenant se encarga de borrar casi todo signo de los errores y horrores cometidos en el pasado con Prometheus. La torpeza narrativa y todos los plot holes cuasi ridículos que arruinaban en parte las buenas ideas del film predecesor, aquí arrancados de raíces dando lugar al sembradío de un nuevo origen, uno que no olvida el pasado sino que lo reescribe.

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La fórmula es clásica y harta conocida. Un grupo de astronautas se embarca en una misión, en esta ocasión el colonizar vida humana en otro planeta, y a medida que avanza la trama es bien sabido que irán pereciendo uno por uno de los miembros. Pero el interés del film no pasa tanto por la fórmula de manual, sino por lo que está puede contar, preguntarse y aplicar la visión y los grandes interrogantes humanos en un contexto totalmente ajeno a ello.

Es por ello que el Alien del título es más un elemento de marketing que de contenido. Y hasta incluso podría resultar en un error, ya que muchos podrían salir algo decepcionados. Esta nueva saga centrada en el universo de los xenomorfos no está tan interesada en el horror de la ciencia ficción y de las criaturas diseñadas por Giger, sino que el centro de atención está puesto en la vida sintética y cómo esta puede ser tan o más consciente que la de un humano.

Si en Prometheus el personaje de Fassbender resultaba ser lo mejor del film y el único personaje con arco en verdad importante, inteligente y conciso, lo que esta secuela propone es olvidar los errores y centrarse en lo que en verdad funcionó. Y lo hace redoblando la apuesta al tener en pantalla no a uno, sino a dos Fassbender. Uno, el viejo y más que humano David, quien posee una gran escena de génesis a pocos minutos de haber comenzado el film. Una secuencia que reúne todos los elementos que forjan su identidad y las herramientas para que uno, como espectador, logre entender su lugar en ese mundo. Por otro lado, se encuentra Walter, una versión (des)mejorada de David, menos humana y sin la posibilidad de pensar o de crear por sí mismo. En ambos casos, el factor principal que traza a la trama es la empatía para con estos androides.

La comprensión tanto por el héroe como por el villano, una proeza del guión y la actuación, es un diálogo acerca de la humanidad y el horror, muchas veces sinónimos de lo mismo. Cada pequeño momento compartido entre ambos personajes en pantalla es de una grandiosidad absoluta. Con cada acercamiento o línea de diálogo se construye la identidad de estos personajes que incluso mantienen una tensión sexual, resultado del carácter de David, un simbolismo más de construcción que acentúa más ese narcisismo tan propio de la humanidad, y claro está, de este sintético.

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Algo que refuerza los aciertos del film es el completo casting que, a diferencia del pasado, cuenta con grandes actuaciones como las de la no tan protagonista Daniels (Katherine Waterston) o el capitán Oram (Billy Crudup). Si bien son opacados por la doble genialidad de Fassbender, ellos brindan contexto y nivel artístico al tono general del film, sin ser relegados a figurar para morir de inmediato. Quizás no tan marcados o tan bien desarrollados como los interrogantes principales del film, estos personajes le dan forma a ideas como la pérdida y la fe, sirviendo como pequeños elementos que continúan aportando a una trama compleja en sus intenciones, prácticamente carente de todo signo banal.

Una imagen que puede pasar desapercibida para muchos desemboca también todo un simbolismo en relación al relato. La imagen en sí, un exterior rodeado por pinos, hace referencia a la pintura “La isla de los muertos” de Arnold Böcklin, algo que remarca de contexto en relación al planeta en que los personajes se encuentran. Una necrópolis que se mantiene en pie sobre los cuerpos fosilizados de sus habitantes, algo que también en cuentra su punto de unión en el infierno de Dante. Todos esos aspectos de índole visual y temática poseen una gran sensibilidad artística, una belleza acerca de lo que la mano del hombre puede crear y destruir. Sea como fuere, el crear como un dios conlleva también una maldición en relación a la obra o vida creada.

Es por ello que el film se encarga de hacer entender la humanidad en aquellos que aparentemente no la tienen, para luego comprender la necesidad de crear la perfección que, en estos seres en principio perfectos, es completamente ajena. La inconformidad humana y artística en toda su expresión a través de seres que son plástico y cables. O al menos hasta que den vida a los xenomorfos, el organismo perfecto.

Al igual que esas bellas obras de arte como La isla de los muertos y la Divina Comedia se sustentan sobre el caos y la destrucción, Alien: Covenant logra algo semejante con sus intenciones filosóficas y contextualizadas en el horror y la ciencia ficción. Es así como el soneto de Ozymandias se abre paso entre la crueldad humana y la creación artística. Y al mismo tiempo hace que el mejor film de la saga, luego del original, se posiciona frente a nosotros, el espectador, quienes nos desesperamos y maravillamos por igual.

Por Nicolás Ponisio

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