#780. Akira (Katsuhiro Ôtomo, 1988)

★★★★★ (10/10)

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El film de Ôtomo se ve consolidado en torno a un círculo completo de perfección. A través de la excelente calidad de animación, cada plano es por sí mismo una obra de arte y, en conjunto, todas las obras se vuelven una sola. Algo similar como lo que ocurre con el personaje de Tetsuo (Nozomu Sasaki). Y es que la fuerza que el film posee, el impacto provocado, lo es todo gracias a la animación japonesa y a la complejidad de su guión. Grandes mecanismos que conforman a una obra que despliega sensibilidad estética y crítica y que al día de hoy continúa resonando. Si eso no es indicador de la obra maestra que es, entonces no sabría decir qué podría serlo.

Cumpliendo el rol de un absoluto visionario, el director con su film no solo revoluciona todo lo que por entonces se relacionaba con la animación, sino que también brinda tanto un impacto visual como contestatario. El futuro distópico que presenta es violento, salvaje, sucio. Ese caos futurista no lo es tanto, y exceptuando algunos elementos puramente relacionados a la ciencia ficción, lo que construye con ese mundo se forja sobre una base por completo realista. Un futuro que, sin necesidad de remontarse a miles de años en el futuro, se encuentra a la vuelta de la esquina, reconocible para todos. Lo era en 1988 y lo es aún más hoy en día.

Akira está plagado de momentos sociopolíticos, situados en una Neo-Tokyo pero que más bien se puede aplicar de manera universal. El caos absoluto provocado por la sociedad y sus líderes y el poder del pueblo representado en la furia infantil pero destructora de un adolescente que ha desatado el máximo potencial humano. Esa energía cósmica que fluye dentro de cada uno, aquí representada como herramienta destructiva por la falta de control y la ausencia de cualquier signo de madurez. Después de todo, solo estamos hablando de un niño.

El film se encarga de esclarecer sus arcos más complejos con el fin de que la mayor parte del público pueda captar el núcleo del film. Masticado para algunos están los diálogos informativos, pero todo lo que yace en la palabra ya vive con mayor fuerza de impacto en el poder del arte visual.  Basta con tan solo experimentar los primeros quince minutos iniciales del film para atestiguar la grandeza y el dominio de ella que tienen los artistas detrás de la obra. La artesanía artística, la crudeza del contenido y el realismo de la concepción de ese mundo se crea a través de una secuencia ya icónica y guardada en el recuerdo. Imágenes tras imágenes que sin necesidad de palabra alguna dota de vida y contexto a ese mundo que apenas se ha comenzado a conocer y que, sin embargo, ya lo entendemos gracias a la construcción y presentación del mismo.

Kaneda (Mitsuo Iwata), el protagonista en cuestión, creció en ese mundo postapocalíptico y si bien lleva en sí la furia de esa juventud motoquera que arrasa en las calles, conserva en gran parte el desconocimiento de lo que ocurre a su alrededor. Es ajeno, un completo extraño, a todo lo indescriptible que se haya oculto, o enterrado, bajo esa sociedad. Algo caricaturesco, un poco naif, y todo un aventurero que más allá de todo conflicto se preocupa por el bienestar de su viejo amigo, el director toma a este personaje porque es todo lo humano que habita en ese mundo derruido. Un extraño que, sorprendido, va conociendo la realidad de lo que lo rodea. En pocas palabras, es el sujeto que Ôtomo escoge porque ese sujeto somos nosotros, el espectador. Todo lo que conocemos, lo vamos haciendo con él y a través de él.

Akira es una constante de destreza técnica, la pureza del virtuosismo artístico en ebullición que forma una especie de simbiosis con el poder que aqueja a Tetsuo. Film y personaje son uno en sí mismo, así como nuestra sociedad y la fuerza que el pueblo lleva en su interior lo son con esa historia cada vez más en sintonía con la realidad del día a día. El director le otorgó al mundo del celuloide y la animación en general una herramienta con la voz y el poder de acción. Destinada a resonar en su momento y que, décadas y décadas después, lo siga haciendo con la misma fuerza. Y es que los tiempos cambian, las cosas empeoran, pero las grandes obras perduran y resuenan, expandiéndose como energía cósmica.

Por Nicolás Ponisio

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