#571. The Exorcist (William Friedkin, 1973)

★★★★½ (9/10)

The-Exorcist

Desde sus primeros minutos, el film de Friedkin se encuentra cargado por una atmósfera agobiante, terrorífica, que conforme vaya avanzando la trama se intensificará, invadiendo cada aspecto de la obra. Conformada por el intelecto de guión y dirección, la historia de horror se toma su tiempo para ser contada y no recae para nada en el susto burdo al que el género tan tristemente se ha acostumbrado. Es gracias al tono paulatino y progresivo que maneja que la construcción del relato se forja de manera climática incluso en aquellos momentos en que no se recurre a nada terrorífico.

El director, comprendiendo a la perfección la maldad que más tarde poseerá a la joven Regan (Linda Blair), dota al film de climas tensos que dan forma a ese elemento invasivo como algo que no siempre se ve, pero que se siente en todo momento como la presencia malévola que es. Y lo más importante, es que puede hacérselo llegar a su espectador. Es interesante la manera en que se trabajan las distintas líneas narrativas que no siempre se cruzan pero tanto cuando lo hacen como cuando no, se encuentran dialogando acerca del horror y la fe. Siendo dos las principales, la trama de Regan y la lucha de su madre Chris (Ellen Burstyn) por ayudarla y la que concierne al padre Karras (Jason Miller) con la falta de fe.

Trabajadas con un excepcional realismo, al fin y al cabo ambas historias son acerca del drama familiar resumido en la impotencia ante una fuerza mayor (la enfermedad en la forma de la posesión o la vejez),  las líneas narrativas funciona cada una como reflejo de la otra. Deposita a sus protagonistas en distintos lugares pero similares. El hombre religioso carente de fe y la madre desesperada que, pese a todo lo extraño que sucede, es incapaz de creer. Situaciones similares se extienden a otras pequeñas subtramas como la del detective Kinderman (Lee J. Cobb) que intenta averiguar qué ocurre a raíz de un asesinato y la del padre Merrin (Max von Sydow), conocedor y creyente del mal que acecha pero ya sin las suficientes fuerzas para luchar debido al paso del tiempo.

Ese realismo, en forma de paralelismo entre posesión y enfermedad, se ve acrecentado por todas las etapas y pruebas que sufre la niña, la inoperancia de los médicos a cargo y la total falta de comprensión. Una total falta de interés por su bienestar, exceptuando a su madre, que se ve reflejada a través de una lucha de egos entre la medicina y la iglesia, evidenciando lo alejadas que están dichas instituciones de sus obligaciones. El film de Friedkin se arma constantemente de simbolismos y paralelismos para evidenciar su posición crítica, algo que por momentos hasta puede asustar más que una cabeza girando 180°.

Y si bien también hay bastante lugar para el terror más crudo (levitación, vómitos verdes, etc), más allá de su brillante realización termina perdiendo ante la sutileza que se maneja para narrar lo mismo de manera más crítica y más desconcertante. El centrarse en el corazón de una familia promedio, el film habla directamente hacia uno. Dejando en claro que ese horror inimaginable, al parecer tan distante como improbable, puede tocar a cualquiera. Sea en la forma de una posesión, de una enfermedad o de una crisis.

En un momento dado, cuando Chris abandona el cuarto de su hija, en la pared se halla delineada la figura de Pazuzu (el demonio en cuestión), apenas visible. Su función será en pos del susto, pero también lo es para recordar que ese mal, más allá de su forma, se encuentra acechando en el corazón mismo del hogar. Sea en una excavación en Irak, en la casa de una familia americana, entre el público que mire este film o, incluso, a su lado mientras lee esta nota.

Por Nicolás Ponisio

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