#787. Hotaru no Haka / Grave of the Fireflies (Isao Takahata, 1988)

★★★★ (8/10)

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De la maravilla al horror hay un solo paso. En casos como el film de Takahata, la calma antecede a la tragedia y una vez que el espanto irrumpe en la vida de los personajes, la ternura y la tragedia coexistirán. Cada una dentro de la otra. El film aborda el horror de la guerra sin necesidad de situar su acción dentro de las batallas o las historias de los combatientes. Lo hace visible a través de Seita (Tsutomu Tatsumi) que debe proteger a su hermana menor Setsuko (Ayano Shiraishi), tras haber perdido su familia y hogar a causa del bombardeo enemigo.

El calor humano nacido de la animación japonesa y la relación de estos niños que deben crecer antes de tiempo, da por resultado una fuerza inmensa como contenido del film. Similar a la que tienen los hermanos que, a su manera, son hijos de una guerra que les es ajena pero que de todas formas los alcanza y adentra en el corazón salvaje de la misma. Y es que la guerra también se haya en el trato de los sobrevivientes, como puede ser el maltrato generado por la tía que les da cobijo o la desesperación de un granjero ante el hecho de que un niño le esté robando un poco de la cosecha para alimentar a su hermana.

El egoísmo, la indiferencia o el ataque serán respuestas naturales en los adultos mientras que en los niños, a pesar de todo, el cariño y la ternura serán también a su modo sobrevivientes. El único atisbo de humanidad conocido, el último refugio como salvación. Es por ello que, mediante el cuidado que se brindan estos hermanos sin hogar ni ayuda alguna, el film está plagado de instantes realmente hermosos. En ellos es donde la esperanza y la inocencia brillan de forma intensa, al igual que la luz de las luciérnagas que iluminan tanto la naturaleza del campo abierto como también el pequeño rincón en el mundo donde los personajes hayan un techo donde salvaguardarse.

De esta manera, el film de Takahata conserva el costado más humano de los personajes con la delicadeza de las imágenes y la forma que escoge para contarlas y unificarlas al contexto bélico. Es así como, por ejemplo, un momento de riesgo que hace escapar a los personajes de una balacera se convierte en una oportunidad para Seita de alimentar a su hambrienta hermana al ocultarse en una huerta. Nuevamente como ocurre con las luciérnagas, los niños a causa del horror de la guerra tendrán una corta vida. Pero al igual que estos insectos, los pequeños más allá de todo sufrimiento, vivirán su vida con el amor que nace de ellos con la misma fuerza y belleza que la luminosidad producida por las luciérnagas y por este film.

Por Nicolás Ponisio

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