#1189. La La Land (Damien Chazelle, 2016)

★★★★½ (9/10)

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El romance se perdió, los musicales pertenecen al pasado. No se deje engañar por el despliegue técnico, las coreografías y la musicalidad de la que hace gala La La Land, incluso en aquellos momentos que no son musicales. Damien Chazelle envuelve en primera instancia a su tercer largometraje con todo el encanto y pomposidad perteneciente al Hollywood clásico donde el género brilló. Pero las intenciones del director no yacen en contar/cantar una historia romántica a la vieja escuela. Lo hace de esta manera para dar cuenta de un género y un estilo hermoso, puramente cinematográfico, al que hoy en día es imposible volver.

Al igual que lo hacía con Whiplash, Chazelle se interesa por la vida artística y el esfuerzo que ello conlleva para alcanzar el éxito. Como si se posicionara tanto encima como por debajo del escenario, el film recupera la magia de los viejos días haciéndolo parecer fácil de lograr. Mientras que por dentro de los colores, los planos secuencias y la sincronía de reloj, se encuentre esta historia de amor entre Sebastian (Ryan Gosling) y Mia (Emma Stone) que no solo funciona como elemento seductor del film, sino también como esa apuesta a perseguir el sueño artístico.

Con Whiplash, el director hacía un uso poco realista de la presencia de J.K. Simmons (el colmo del docente abusivo) pero con un marcado tono realista que permitía hacer sufrir al público en la piel del protagonista. En su nuevo film, se dan unos “opuestos similares” contando una historia hiperrealista en la forma más artificial posible gracias al tono de los musicales y la sobrecargada estética que enamora tanto como sus personajes. El artificio en pos de iluminar la verdad termina alejando al film de la categoría musical cuando se vuelve consciente el hecho de que perseguir los sueños conlleva perder algo de la magia y el romance que toda primera instancia de una relación (o de este film) tiene.

El personaje de Gosling, en la búsqueda pasional de su deseo, exclama que renacerá de las cenizas como el ave fénix. Con una fuerza del metalenguaje en gran parte del metraje, La La Land hace visible su intención dialéctica demostrando que aquello que Sebastian expresa es lo que en parte hace el film con el género. Desde su secuencia inicial -quizás, de manera provocativa, la más artificial de todas-, hasta el carisma y timing de los protagonistas. Y es que la pareja conformada por Gosling y Stone –tercera vez que se relacionan juntos en pantalla- aportan un balance perfecto a la historia. En este tipo de films la belleza y el carisma lo son todo, y estos chicos lo tienen de sobra. Si bien él no se destaca mucho al cantar y lo mismo ocurre con ella al bailar, entra en juego la regla de los opuestos complementarios donde la falta de uno se convierte en el talento del otro.

En otros de los tantos usos del metalenguaje a los que recurre el film, las ideas del romanticismo y la nostalgia están muy presentes, manteniendo una relación de pareja que los une y distancia a la vez. De igual manera, se permiten coexistir en ese realismo artificial tanto juntos como por separados, remarcado notoriamente en la mitad del metraje para que no quepan dudas de que no se trata de una experiencia cinematográfica, sino de dos. Ambas llenas de posibilidades y encanto artístico, pero con un choque frente a la realidad que demuestre que todo lo que haya maravillado al espectador se quedará con éste a pesar de que ya no esté allí.

La La Land es como ese gran amor fugaz que todos en algún momento han tenido. Se conocen, se enamoran y viven su relación en un período corto pero altamente intensificado por la pasión con la que expresan su amor. Y a pesar de haberse terminado con la rapidez de un pestañeo, dejando corazones rotos, ese amor se queda con uno por siempre. “Te amaré por siempre” se dicen uno al otro Sebastian y Mia. Ese amor perdura en la pantalla tiempo después de haber finalizado la trama. Lo mismo ocurre con el musical, es imposible volver a esa época dorada, ya pasó y no volverá por más que Damien Chazelle la reviva fugazmente. Pero eso no quita que se pueda quedar como el recuerdo de un viejo amor. Se queda con nosotros, los tontos que soñamos.

Por Nicolás Ponisio

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