#898. Smoke (Wayne Wang y Paul Auster, 1995)

★★★★ (8/10)

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El guión es la piedra angular para el éxito de un buen film. Si esto es acompañado en conjunto por una buena relación con el encargado a dirigirla, el film en cuestión se convierte en el lugar ideal en el mundo para quien lo vea. Esto es lo que ocurre gracias a la combinación artística entre el novelista Paul Auster y el director Wayne Wang. Separados por sus roles pero unidos por la pasión y el talento para narrar. Pluma e imagen se complementan bajo el velo creado por el humo de cigarrillo. Los personajes de Smoke, al igual que sus creadores, se unen, relacionan y complementan entre relatos ajenos y propios. Variando entre ser personajes principales o secundarios, pero que terminan siempre encontrándose -en más de un sentido- dentro de la tienda de Auggie (Harvey Keitel), punto de unión y partida de cada una de las tramas.

Lo cierto es que a cada uno de los personajes viven marcados por la falta o la pérdida. Paul Benjamin, nombre y pseudónimo de Auster, es un novelista interpretado por William Hurt que no publica ningún escrito desde que perdió a su mujer en un tiroteo. A su vida llega Rashid (Harold Perrineau), quien no solo escapa de unos criminales sino que busca entablar una relación con Cyrus (Forest Whitaker), su padre al que nunca conoció y que perdió el brazo en el mismo fatídico accidente en el que murió su madre. Por último tenemos a Ruby (Stockard Channing), ex pareja de Auggie que perdió un ojo y vuelve a su vida en busca de ayuda al revelarle que hace dieciocho años tuvieron una hija.

Sea tanto física como espiritual, la pérdida recorre la vida de estos personajes y es el modo en que se retrata cada presencia y cada lazo formado en charlas, mediante humo de tabaco, lo que brinda al film su carácter íntimo. Momentos como los de Paul viendo las fotografías que toma Auggie registrando ese rincón de Brooklyn en el que se haya su tienda, o el monólogo en el que Auggie le brinda un relato de navidad a su amigo son un despliegue único de ternura y melancolía en la doble narrativa. Aquella referida al diálogo nacido del guión y también la que nace de la imagen, contando tanto o más que la voz del narrador. Así lo hace el montaje de las fotografías en un bello blanco y negro, todas con historias, personas y días distintos pero que son parte de un mismo lugar. O incluso la intimidad y comprensión profunda nacida de un extenso plano sin cortes que, a medida que la historia se desarrolla, se acerca más y más a quien la cuenta.

Cada uno de esos aspectos narrativos liderados por los diferentes personajes, con sus similitudes y diferencias, forman parte de un todo. Y lo hacen de manera tal que se vuelven uno mismo con el film, prestando atención a momentos cotidianos, a conversaciones de amigos y seres queridos donde esa aparente sensación de falta o pérdida queda nublada. No por el humo de cigarro, sino por esa compañía especial que todo lo mejora. En las buenas, en las malas y en el cine.

Por Nicolás Ponisio

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