#580. The Texas Chainsaw Massacre (Tobe Hooper, 1974)

★★★ (6/10)

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El horror no se halla oculto, acechando en la oscuridad de la noche sino todo lo contrario. En The Texas Chainsaw Massacre ataca a plena luz del día dejando como única opción de escape el correr despavorido. El clásico de Tobe Hooper al día de hoy, o incluso en su momento de estreno, quizás no ofrezca una trama elaborada o un desarrollo con un gran tratamiento de la narrativa.

Sin embargo, es la manera en que se toman las herramientas cinematográficas en busca de ofrecer un extenso y sobrecargado clima terrorífico lo que logra escapar del lugar común. Ello gracias a las cruentas imágenes registradas por momentos con una belleza incomparable, y por otro lado la manera ya mencionada de que el film respire el mayor terror con una estética iluminada por la luz del día.

El film posee un desbalanceado ir y venir entre la comicidad y el terror. Mientras que el primero no funciona y  aletarga un poco el relato, en el segundo y más importante es donde encuentra su mayor expresión convertida en principal exponente del género. Las apariciones del enigmático Leatherface (Gunnar Hansen) van más allá del susto espontáneo, haciendo que cada momento protagonizado por el loco de la motosierra se encuentre entre la anticipación al horror y la tortura más gráfica y extensa posible, transformando el terror en un infierno en la desolada tierra texana.

Ya desde un comienzo, con la secuencia que presenta el robo de tumbas en un cementerio, se encuentra presente ese factor elemental del film que es el horror a la luz del día. No solo prepara al espectador con lo que va a encontrarse, sino que también denota la dualidad interesante entre lo terrorífico y la belleza de las imágenes bañadas por la luz del sol.

Hacia el final, cuando Leatherface sacuda a diestra y siniestra su motosierra que suena cual rugido de ira motorizado, la descripción que cámara y fotografía hacen del lugar y el personaje se convierte en un shock visual,  dejándolo a uno sin saber bien qué sentir al respecto. Si sentir la desesperación de ese pánico final o si respirar aliviado por ver una vez más la bella luz del día. Esa misma que permite observar el alcance del horror.

Por Nicolás Ponisio

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