#1151. The Revenant (Alejandro González Iñárritu, 2015)

★★½ (5/10)

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Fórmula mágica para tener grandes chances de ganar un premio de la Academia: vender el relato como una historia basada en hechos reales + personaje sufrido y/o discapacitado. Con esos dos elementos básicamente la estatuilla dorada se encuentra en tus manos.

The Revenant, el último film del mexicano Alejandro González Iñárritu que a la vez es una remake del clásico con John Huston Man in the Wilderness (Richard C. Sarafian, 1971), hace uso de esos elementos en un relato visual que tiene más de lo segundo que de lo primero. La historia del film es cuasi nula, se resume fácilmente en Hugh Glass (Leonardo DiCaprio), un hombre al borde de la muerte que es abandonado y se enfrenta a la naturaleza para sobrevivir y hallar venganza. En medio de todo eso no faltarán altercados como el salvaje ataque de un oso, el asesinato frente a sus ojos de su propio hijo, el ataque por parte de pieles rojas, la fuerza del frío y el río para doblegarlo, entre otras cosas.

Si bien la narrativa que sale ganando es aquella construida en parte por la impecable fotografía de Emmanuel Lubezki, que transforma los parajes invernales en imponentes imágenes que hielan con su belleza, todo otro contenido que escape a lo visual le es totalmente ajeno al film. La historia mínima y el escaso trasfondo con el que se construye a los personajes parecen pasar por al lado del espectador sin inmutarlo de ninguna forma más que el intenso sufrimiento por el que pasa Glass.

Y es que el único logro generador en cuanto a la relación personaje/espectador es movilizar y sufrir cercanamente a Glass netamente por acción y reacción de la crudeza y la violencia. Algo que ciertamente también lograba la saga de horror Saw con su pornografía sangrienta. Por otro lado, cualquier empatía que se pueda lograr para con el personaje es inexistente ya que, más allá de la placa que sitúa al film como un hecho real, toda relación construida o altercado enfrentado termina siendo de una extrema irrealidad.

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La relación de Glass con su hijo mitad aborigen Hawk (Forrest Goodluck) escapa a lo creíble desde dos aspectos, por un lado desde el physique du rol del personaje de DiCaprio y por el otro, aún más importante, desde la química entre supuestos padre e hijo. Un aspecto de vital importancia es su relación ya que será ésta y la muerte del joven lo que impulsará a Glass a no dejarse morir en la helada intemperie sino que hará todo lo posible de llevar a cabo su venganza contra Fitzgerald (Tom Hardy), el traicionero compañero de misión, uno de los pocos personajes que parece y se siente que pertenece a ese mundo de salvajismo.

Otro aspecto poco creíble del film es aquel que se centra en todo obstáculo que encuentra en su camino Glass. Las secuencias que engloban dichos momentos son de una perfección técnica que hace valer por completo el visionado pero, una vez más, es el contenido realista el que falla o se ausenta. En gran parte por todo lo que le sucede a nuestro protagonista, siendo una de las mejores secuencias y de las más crudas aquella en la que el oso desgarra y carcome al indefenso sujeto (el realismo aquí es innegable), pero que luego de ella la sobreviviencia, los ataques, incluso la caída a caballo de un precipicio que lo encuentra poco tiempo después de pie, sitúan al personaje al mismo nivel del Coyote de los Looney Tunes. Esto, más la falta del componente tridimensional del personaje es lo que permite una total falta de interés por lo que le ocurre a excepción de impresionarnos por la violencia.

Y si faltaba un elemento más que volviera irreal lo real, se hace presente en ciertos momentos donde el uso de la cámara pareciera centrarse más en denotar su presencia que en contarnos realmente lo que sucede. El director es consciente de su habilidad para narrar con las imágenes pero a la vez se regodea de ello entre los que son bellos planos secuencias que, a diferencia que en Birdman, su film anterior, los cuales eran requeridos para transmitir esa vorágine del detrás de escena teatral, aquí desencajan y se vuelven un mero capricho de mostrarse virtuoso en ello. En segunda instancia está el uso de la cámara revelándose ante los hechos con el movimiento del registro en mano o recibiendo en sus lentes nieve, lodo, sangre y vaho de la respiración logrando un total alejamiento con el material que antes, ante tanto sufrimiento y majestuosidad visual había sabido situarnos en contexto.

Los excesos, sean estos visuales o narrativos en cuanto a la extensión del film que por momentos se hace realmente interminable pecan de esa misma pretensión que en su momento, personalmente, hizo que odiara Birdman y que ahora, en retrospectiva, termina subiendo unos escalones al ser comparada con The Revenant. Un film entretenido pero completamente llano y con el tiempo olvidable, por ende, digno ganador del mayor galardón de los Oscars.

Por Nicolás Ponisio

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