Por Nicolás Ponisio


Título original: Elle. Año: 2016. Duración: 130 min. País: Francia. Dirección: Paul Verhoeven. Guion: David Birke (Novela: Philippe Djian). Música: Anne Dudley. Fotografía: Stéphane Fontaine. Reparto: Isabelle Huppert, Laurent Lafitte, Anne Consigny, Charles Berling, Virginie Efira, Judith Magre, Christian Berkel, Jonas Bloquet, Alice Isaaz, Vimala Pons, Raphaël Lenglet, Arthur Mazet, Lucas Prisor, Hugo Conzelmann, Stéphane Bak. Productora: SBS Productions / Entre Chien et Loup.


Mujer y felino, mirada y frialdad calculadora todo habitando y construyendo el tono distante que impone el último film de Paul Verhoeven. Familia, falsa moral, sexo y violencia es todo sinónimo de lo mismo. El perturbador carácter humano y la mejor Isabelle Huppert están en Elle (2016). Esa distancia presente, que narrativamente recuerda bastante a Haneke, no aleja al espectador ni lo insensibiliza en relación al relato y su personaje principal. Lo hipnotiza y lo seduce con parsimonia hasta violentarse con su mirada atrapada en la pantalla. En principio violación visual, el espectador como víctima del engaño. Luego placer cinematográfico consentido.

La primera vez que nos encontramos con Michèle (Isabelle Huppert), la mujer se encuentra en el suelo de una habitación. Semidesnuda entre cristales rotos, traumada y dolorida por una brutal violación, y observada por la penetrante mirada de su gato, como nosotros, el único espectador pasivo. Lo que toma forma de thriller de venganza que intentará desentrañar la identidad del misterioso atacante, a medida que avance en la construcción de climas fríos y calculadores, irá develando su propia naturaleza. Y es que, sin demasiados vericuetos, el director neerlandés formula una crítica inteligente contra la corrección política, como tantas veces ha sabido hacer con sus films parándose tanto en la vereda del cine independiente como del comercial.

Los estados de soledad junto a los actos de violencia se abrazan y rechazan por igual eliminando toda diferencia entre víctima y victimario. Cada uno de los involucrados fomenta el abuso que es hipócritamente aceptado en una sociedad carente de afecto pero repleta de deseo. Michèle es una exitosa ejecutiva en una empresa de videojuegos tan violentos y misóginos como el acto carnal del que fue víctima, el nocivo entorno familiar que tuvo a temprana edad o la agresividad pasiva con la que ella misma se mueve entre su círculo de amistades y familia. Tan similar al comportamiento de su mascota o de su sigiloso atacante. Incluso el fanatismo religioso de una vecina (y representado por el papa Francisco en dos ocasiones) está allí para atacar de igual forma hipócrita.

La indignación ante la violencia de género es una reacción natural ante semejante acto aberrante. Pero también guarda un poco de su carácter hipócrita cuando todo lo demás que lo rodea, como lo ya mencionado, pasa con aceptada naturalidad. La negación ante las evidencias (el llanto de un bebé resuena en algún lado) y un abrazo placentero que acepta la falsedad humana para evitar ver el monstruo abusivo en cada uno de nosotros. Elle es difícil de ver, un film contestatario que no teme serlo al igual que cuando se propone perturbar e indignar con su violencia en extremo. Sea desde lo que significa un acto de violación o una mirada indiferente y retorcida. Al finalizar, le agradecemos a al director por satisfacer los deseos expectantes, aunque sea por un tiempo. Luego, hipócritamente, podemos regresar con sigilo a esa cotidianeidad de falsas apariencias… si Verhoeven nos lo deja.

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