★★★½ (7/10)

Herzog nos adentra con su cámara en la cueva Chauvet en Francia, un sitio que a pesar de sus más de 32.000 años de antigüedad es un sitio atemporal que unifica la expresión del paleolítico con el arte moderno como lo conocemos hoy en día. Misterios y relatos en un espacio que se conserva de igual manera que cuando fue habitado y que deja registro de la historia al igual que la cámara, la cueva narradora del cineasta, lo ha hecho incontables veces a lo largo de los años.

El conjunto de estalactitas, estalagmitas, fósiles y el arte rupestre salvaguardado en la oscuridad de la cueva para el presente, cohabita con la historia reconstruida a partir del material estudiado por sus descubridores y los especialistas que la visitan. Los comentarios que reconstruyen parte de su historia nos acercan lo más posible a la historia narrada dentro de esa recámara oculta que alguna vez estuvo bañada por la luz del sol que ingresaba en los límites cercanos a su entrada. El registro documental pierde fuerza en su narración debido a la monotonía de las palabras expresadas por el propio Herzog. Sin embargo, el análisis y las apreciaciones del director y sus colaboradores, como el director del proyecto de búsqueda del lugar Jean-Michel Geneste o la arqueóloga y curadora Dominique Baffier, también brindan mayor luz de claridad no solo respecto a esta cueva oculta sino también a las inquietudes del ser humano.

Lo que el documental pierde por momentos de fuerza en su narración verbal, lo gana a través del carácter visual del mismo. La descripción que hace la cámara sobre cada aspecto de la cueva, al menos hasta donde se le permite llegar, posee no solo hermosura estética perteneciente de forma natural al espacio geográfico sino también a la identidad artística que adquiere con el lenguaje de las pinturas representadas en sus paredes. Las bifurcaciones y formas que hay en los pasadizos y recovecos de la recámara dotan de textura y movimiento al arte expresado en las paredes. El mismo, antiguo y moderno a la vez, está compuesto por técnicas como líneas de movimiento y sucesión de imágenes que narran una secuencia (como el imponente mural que contiene una estampida de caballos, búfalos y una lucha entre rinocerontes). Expresiones que no se alejan demasiado del arte que conocemos en la actualidad y que, con su expresividad y entendimiento del entorno, transmiten un mayor lenguaje transmitido a lo largo del tiempo cuando la cámara se pasea sobre él sin agregado alguno de comentarios.

El film es un paseo al mismísimo interior de la sensibilidad humana, indiferente a épocas o contextos. Sí, con algunos paréntesis que le restan protagonismo al interés humano por entender y expresarse (sea un neandertal, un geólogo experimentado o un mero espectador), pero que al ubicarse en el centro de la cueva Chauvet logra transgredir toda barrera temporal y de lenguaje, dejando ha descubierto la vida y el arte que aún cohabitan en ella. El sonoro eco de ritmo constante de una gota cayendo sobre la superficie de la cueva, es el latido como prueba irrefutable de la vida que resuena en ella.

Por Nicolás Ponisio

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *