★★★★½ (9/10)

Mientras que Selma (Björk) marca el compás de su vida cantando y bailando en la oscuridad, el espectador la acompaña observando todo lo que ella no puede ver debido a la progresiva ceguera que padece. Es tan solo cuestión de darle tiempo al desarrollo de la trama para que, en una situación similar, se nos dificulte ver las imágenes en pantalla pero a causa de las lágrimas que nublan nuestra vista. Lars von Trier, conocido por poner mujeres fuertes en roles protagónicos y hacerlas atravesar un espiral de sufrimiento, toma la experiencia de vida de Selma para golpear y abrazar los sentimientos de manera musical.

La grisácea vida de Selma, una inmigrante checoslovaca en Estados Unidos, se desarrolla entre su dura labor en una fábrica metalúrgica, su ceguera cada vez más invasiva y la crianza de su hijo que, de no poder reunir el dinero para la operación, sufrirá su misma suerte en la vista. Doloroso y pesimista a niveles ascendentes, el film posee un gran corazón dentro de la ternura naif de Selma y el cariño de sus amigos como su enamorado Jeff (Peter Stormare) y su compañera de trabajo y obra musical Kathy (Catherine Deneuve). La relación con ellos y la dulce inocencia de la protagonista nos posiciona empáticamente en su historia trasladando sus pesares a nuestro cuerpo expectante.

Es interesante como el director realiza una interacción perfecta entre el tratamiento dramático del film y los pasajes musicales que éste contiene. El género musical, usualmente optimista con grandes dosis de comicidad y despliegue coreográfico, aquí es utilizado con una gran ironía respecto a lo que acontece narrativamente en paralelo. La música es el único medio donde Selma puede escapar de su realidad, así como el cine muchas veces también ha llegado a ocupar ese lugar. Las canciones compuestas e interpretadas por Björk son llevadas a la pantalla con una fotografía de fuertes tonos, que entran en contraste con el tratamiento más apagado que destaca en la realidad del film. Los momentos musicales resaltan los colores al igual que la música lo hace con ese mundo de ilusión que es la mente de Selma.

La cámara, siempre en movimiento y acercándose lo más posible a los personajes, dota al film de un constante estado de intimidad, de cercanía para con el calvario de Selma. Cuando uno es quien se acerca demasiado al personaje, a la historia, difícil es luego alejarse. El film comienza con una obertura musical y a medida que las notas crecen en intensidad también lo hacen las coloridas pinturas que aparecen en pantalla. Todo el color y esplendor pictórico dará paso a una pantalla en blanco, a la nada misma a la vez que la música se va desvaneciendo. Resumen gráfico de la historia a contar que nos ubica como espectadores en un lugar de posición elevada ante la protagonista, ya que podemos presenciar en su totalidad aquello que ella solamente puede hacerlo dentro de su mente. Pero eso también conlleva ser parte de la experiencia completa, vivir y sufrirlo todo aún cuando la historia ya ha culminado. A Selma nunca le gustaron los finales, por eso es que siempre que veía un film musical se marchaba de la sala durante la penúltima canción. Para nosotros eso es imposible y nos quedamos con ella hasta el mismísimo final.

Por Nicolás Ponisio

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *