★★★★½ (9/10)

Un proyecto descomunal y un infierno de experiencia son las dos columnas sobre las que se erigió la construcción de la excelencia cinematográfica de Apocalypse Now (Francis Ford Coppola). Un calvario creativo que documentado por Eleanor, la mujer del director, es captado como el verdadero viaje hacia el corazón de las tinieblas realizado por Coppola y toda su tripulación artística. El material reunido devela la pesadilla detrás de la maravilla fílmica a lo largo de más de doscientos días de rodaje y cantidad de conflictos internos y externos a la producción. El documental de Bahr y Hickenlooper (que compagina el material de Eleanor y lo dota también de entrevistas agregadas) es una obra gigantesca en sí misma que describe un viaje a la locura que nada tiene para envidiarle al film final que fue concebido a través de todo ese caos.

El film se desarrolla a través de dos narrativas: lo contado y documentado por la mujer de Coppola y las entrevistas realizadas al director, los actores, técnicos y productores. Las anécdotas acompañan momentos como el estado alcohólico y demencial de Martin Sheen en la que sería la escena inicial del film o las grabaciones que expresan la desesperación del director ante la incapacidad de finalizar la filmación complementan dichos momentos. Dotando de sentido la vorágine que supone la inmensidad del proyecto, un monstruo que consume a sus creadores poco a poco volviendo real la temática explorada en el relato y el contexto bélico retratado. La filmación, situada en Filipinas, se lleva a cabo entre una guerra civil, conflictos monetarios, desorganizaciones de producción y un clima que se esmera por hacer lo suyo también con tal de devastar el proyecto y la sanidad mental de su director.

Hearts of Darkness relata cada aspecto de la realización con una narración que aumenta paulatinamente el nivel de conflicto y catástrofe que supuso completar Apocalypse Now. Así como en el film atestiguamos y sentimos en carne propia ese viaje abismal a la profundidad de la locura del capitán Willard, con el documental se logra lo mismo viajando a lo más íntimo del proceso creativo de Coppola. Y éste, afectado en todo su ser, es capturado por la locura que es esparcida a todo el que lo rodea, hundiéndolos con ella en un río de brea negra que es el vasto y conflictivo proceso de filmación. El caos, la destrucción física y mental que toda la experiencia deja a su paso como si se tratase del tifón que arremetió con las islas filipinas en pleno rodaje, en cierta forma funciona como elemento de purificación que construye a una de las más grandes obras cinematográficas.

Ficción y realidad se unifican y el registro de ello ofrece un vistazo a los restos y despojos que no son desechados sino integrados a las dos experiencias fílmicas, siendo imposible separar a una de la otra. Al igual que lo es tomar lo bueno sin lo malo. El ojo observador se atreve a presenciar el viaje infernal, lo hace conectando a través de la cámara con el temor de estar ante la verdad de las respuestas buscadas y con la admiración que genera el recorrido. Una mirada perdida en medio de la selva y absorta ante el horror, el horror… y la perfección. A la hora de ver este documental, somos espectadores. Al finalizarlo, todos somos Kurtz.

Por Nicolás Ponisio

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