#684. The Evil Dead (Sam Raimi, 1982)

★★★½ (7/10)

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Sam Raimi ingresa al campo cinematográfico con un film construido bajo las bases del horror y el bajo presupuesto. Dos elementos fundacionales en su estilo cinematográfico y que lo marcarían como uno de los nuevos exponentes del cine de género de la época. Con su ópera primera el director ofrece una obra de terror puro y duro. La comedia vendría luego, a medida que entrenara su técnica y una mirada tan propia que ya en su inicio comenzaba a destacarse.

Raimi hace uso de la artesanía de bajo presupuesto y los planos aberrantes para generar un clima atemorizante y entretenido que, por más chato o simplista que sea el efecto asustadizo, permite estar en un estado de anticipación constante que aguarda el susto como quien espera ser sorprendido de la mejor forma. Como una buena fórmula de acción y efecto, el film cumple su cometido pese a sus limitaciones argumentales o económicas.

Una noche en una cabaña perdida en el bosque es el único escenario que el director requiere para situar a cinco jóvenes personajes quienes irán pereciendo uno por uno a medida que luchan con los demonios despertados por medio del libro de los muertos. Liderados por Ash (Bruce Campbell), el grupo de amigos se enfrenta a cuerpos posesos, ilusiones que le otorgan poder a objetos de la cabaña y la naturaleza viva y maligna del bosque. Cuando Cheryl (Ellen Sandweiss) se tope con esa identidad exterior, el espectador tendrá una de las experiencias más terroríficas y perfectamente creadas que el film ofrece incluyendo una escena de violación perpetrada por ramas y raíces de árboles.

The Evil Dead cuenta con lo justo y necesario para mantener la atención en un film que utiliza las herramientas disponibles con el fin de entretener y asustar. Que innova con el estilo visual, los fx artesanales e incluso con la técnica de stop motion. Es a través de todo ello que el film respira cine en cada aspecto. Uno al que, no siendo tan detallista, se le notan los hilos de su creación y por ende la dedicación y el esfuerzo de crear imágenes y sensaciones que se quedan con uno. A fin de cuentas, Raimi se presentó ante el público con todo lo que lo define: un aura inmensa de cine y género. Tan similar a la presencia amenazante que sobrevuela y se pasea por la pantalla, esa que puede ser tanto una entidad maligna como también el cine efectista de su director.

Por Nicolás Ponisio

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