#999. Chicago (Rob Marshall, 2002)

★★½ (5/10)

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La música poco a poco comienza a sonar, anticipando lo que está por verse, creando expectativas hasta que el telón es corrido. Las luces se encienden, las mujeres bailan y cantan ofreciendo un show que, conforme avance, devela que no hay mucho por contar.  Los carteles con luces de neón presentan una Chicago que, a diferencia de la verdadera ciudad, no tiene mucho para ofrecer. The show must not go on, el show no debe continuar… y sin embargo lo hace.

Y es que más que un film el trabajo de Rob Marshall, basado en el musical de Broadway del genial Bob Fosse, es un mero show con mucha forma y nada de contenido. La ciudad de Chicago, la cual podría ser un personaje más de vital importancia en la historia, solo está relegada a ser mencionada por los personajes como mera forma de justificar el título del film. Lo cierto es que la historia de Velma y Roxie (Catherine Zeta-Jones y Renée Zellweger), dos mujeres encarceladas por asesinato y con ansias de triunfar en el mundo del vodevil, no tiene ningún contenido de interés o de construcción narrativa que un film amerite.

Chicago logra seducir con su puesta en escena y las coreografías que la acompañan como único vestigio de elementos bien logrados. Sin embargo, el jazz, las sensuales mujeres bailando y cantando y  los distintos escenarios construidos son propios de un show de Broadway y están a tono con lo que todo buen musical exige. A excepción de aquellos momentos en los que ofrece sus escasas dotes musicales (y actorales también) el experto abogado Billy Flynn (Richard Gere). En dichas escenas hasta los notables números musicales decaen al mismo nivel que la trama.

En lo que este musical difiere de otros films del mismo género, incluso de obras del propio Fosse, es de un sustento en actuaciones y en el guión donde los números musicales puedan apoyarse y también descansar. Al no hacerlo, estamos ante una variedad de segmentos pertenecientes a un show teatral o de club nocturno pero que no tiene razón de existir específicamente dentro del mundo cinematográfico.

Musicales como The Rocky Horror Picture Show (Jim Sharman, 1975), All That Jazz (Bob Fosse, 1979) o Moulin Rouge! (Baz Luhrmann, 2001) han sabido tomar diversos elementos disímiles y hacerlos funcionar dentro de la gran pantalla sin desaprovechar o hacer a un lado a alguno de ellos. Ambos mundos pueden coexistir perfectamente y seguir sonando en nuestras cabezas por largo tiempo. No se dejen engañar por la Chicago que no es tal. No todo el jazz está en este film y no todos los musicales apelan únicamente a la forma.

Por Nicolás Ponisio

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