★★★ (6/10)

Coproducción entre Hong Kong y Hollywood, Enter the Dragon es la última incursión cinematográfica de Bruce Lee y, como si se presagiara el destino del actor, el film no pierde tiempo (ni siquiera en recurrir a un sólido guión) para enaltecer su figura. El protagónico de Lee, nombre tanto del actor como del personaje dejando ningún lugar a dudas de que el centro de todo lo es él, supone lo mejor que brinda un film que justamente no tiene los mejores elementos a conformarlo.

La historia deposita su mirada sobre tres hombres que se dirigen a ser parte de un torneo de artes marciales, cada uno con distintas intenciones. Roper (John Saxon), un apostador colmado de deudas que decide embarcarse en el torneo para escapar de sus acreedores; Williams (Jim Kelly) un fugitivo de la ley y Lee quien es sacado del templo Shaolin al que pertecene por un agente del sistema de inteligencia británico que necesita de su ayuda para infiltrarse en el torneo y dar caza al organizador del combate, el señor Han (Shih Kien), un narcotraficante que en otro tiempo fue estudiante Shaolin y que no solo ha manchado el honor del templo sino que también es el culpable de la muerte de la hermana de Lee.

Lo cierto es que el film no goza de un gran tratamiento compositivo en su estética o en su trama. Lo que mantiene el interés despierto, y que vuelve interesante ciertos momentos, es la combinación entre el deleite visual que suponen los movimientos y la técnica coreográfica de Lee acompañados por un leve tono a lo James Bond que supone el rol de agente de espionaje de nuestro héroe. Eso mismo mantiene a flote el film, evitando que ocasione un tedio sobre el espectador.

El gran acierto es dejar lo mejor para el final,  y es que en últimos minutos es donde se explota de mejor y mayor forma las técnicas de Lee acompañado por la tensión y el descontrol desatado por el villano Han. Si bien no hay construcción alguna de ese personaje, es un tipo malo sin mucha más explicación y que posee manos intercambiables de cuchillas (en palabras dentro de la trama: “un villano de historieta”), es en dicha contienda final donde héroe y némesis se igualan, brindando a la trama un buen climax que se haya por encima de lo visto anteriormente.

Las pocas lecciones que vemos aprender a Lee en el templo Shaolin son aplicadas en un escenario de batalla que combinan a la perfección entre lo estético y lo argumental. Un laberinto de espejos y los inminentes ataques del señor Han harán que el protagonista brille una última vez (en todo sentido) haciendo añicos los cristales que confunden y ocultan a su oponente. Un ataque hacia la cámara que aporta con precisión el golpe estilístico que el film precisaba con anterioridad. El resultado termina siendo efectivo. Mejor tarde que nunca.

Por Nicolás Ponisio

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